{"id":5721,"date":"2023-05-31T09:00:59","date_gmt":"2023-05-31T09:00:59","guid":{"rendered":"https:\/\/unatumbaparaelojo.com\/?p=5721"},"modified":"2023-06-18T19:43:43","modified_gmt":"2023-06-18T19:43:43","slug":"el-cine-por-virginia-woolf","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/unatumbaparaelojo.com\/?p=5721","title":{"rendered":"EL CINE; por Virginia Woolf"},"content":{"rendered":"<p align=\"justify\"><b>\u201cEL CINE\u201d <\/b>(Virginia Woolf, 1926) en <em>Horas en una biblioteca<\/em>, Seix Barral, 2016; p\u00e1gs. 323 &#8211; 330. Traductor: Miguel Mart\u00ednez-Lage. Originalmente en: <em>The Nation and Athenaeum<\/em> (3 de julio de 1926).<\/p>\n<p align=\"justify\">Dice la gente que el buen salvaje ha dejado de existir en nosotros, que estamos en una fase terminal de la civilizaci\u00f3n, que ya todo est\u00e1 dicho, que es muy tarde para tener ambiciones. Estos fil\u00f3sofos seguramente se han olvidado del cine. Nunca han visto al buen salvaje del siglo XX cuando este va a ver una pel\u00edcula. Nunca se han sentado ante la pantalla grande, ni han pensado en que por muy vestidos que vayan, por gruesa que sea la alfombra en la que han plantado los pies, ninguna distancia los separa de aquellos hombres desnudos, de ojos ardientes, que golpeaban una con otra dos barras de hierro y o\u00edan en el clangor un preanuncio de la m\u00fasica de Mozart.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En este caso, c\u00f3mo no, los barrotes est\u00e1n forjados, y tan cubiertos por un c\u00famulo de materia ajena que resulta sumamente dif\u00edcil o\u00edr nada con una cierta claridad. Todo es barullo, ruido de fondo, caos. Nos asomamos al borde de un caldero en el que parece que bullen fragmentos de todas las formas y sabores; de vez en cuando cuaja en la superficie algo de gran vastedad, que parece a punto de rebosar del caldero. Sin embargo, a primera vista, el arte del cine parece simple, casi est\u00fapido. El rey estrecha la mano de todo un equipo de f\u00fatbol; aparece el yate de Sir Thomas Lipton; Jack Horner se alza con el triunfo en el Grand National. El ojo todo lo absorbe simult\u00e1neamente, y el cerebro, gratamente excitado, se acomoda a contemplar c\u00f3mo suceden las cosas sin tomarse la molestia de pensar en nada. El ojo normal y corriente, el ojo poco o nada est\u00e9tico de los ingleses, viene a ser un sencillo mecanismo que se cuida de que el cuerpo no caiga por la trampilla de una carbonera, que proporciona al cerebro juguetes y chucher\u00edas para mantenerlo tranquilo, y que es de fiar, porque habr\u00e1 de comportarse igual que una doncella competente cuando el cerebro llegue a la conclusi\u00f3n de que ya va siendo hora de despertar. \u00bfQu\u00e9 sentido tiene, pues, excitarse de golpe en plena somnolencia, y todo para pedir auxilio? El ojo est\u00e1 en aprietos. El ojo necesita socorro. El ojo dice al cerebro: \u00abEst\u00e1 pasando algo que yo no entiendo ni de lejos. Se te necesita aqu\u00ed\u00bb. Juntos, contemplan al rey, contemplan el barco, contemplan el caballo, y el cerebro ve de inmediato que han adquirido una cualidad que no se corresponde con la fotograf\u00eda del natural. Se han convertido en algo no m\u00e1s bello en el sentido en que lo son las im\u00e1genes, sino, digamos (nuestro vocabulario es precariamente insuficiente), m\u00e1s real, o real quiz\u00e1, pero con una realidad distinta, \u00bfseguro?, de la que percibimos en la vida cotidiana. Los contemplamos como son cuando no est\u00e1n. Vemos la vida como si no tuvi\u00e9ramos ning\u00fan papel en ella. Mirando la pantalla, nos parece estar lejos de las mezquindades de la existencia real. El caballo no va a soltarnos una coz. El rey no nos dar\u00e1 un apret\u00f3n de mano. La ola no nos mojar\u00e1 los pies. Desde tal punto de vista, observando las extravagancias de nuestros semejantes, tenemos tiempo de sentir a la vez la compasi\u00f3n y la diversi\u00f3n, de dotar a un solo hombre de todos los atributos de la raza. Ver c\u00f3mo navega el barco y c\u00f3mo rompe la ola nos permite disponer del tiempo de abrir la mente a la belleza y de registrarla por encima de la extra\u00f1a sensaci\u00f3n que supone: esa belleza seguir\u00e1 intacta, florecer\u00e1 siempre, tanto si se contempla como si no. Por si fuera poco, todo esto sucedi\u00f3 hace una decena de a\u00f1os, o eso se nos dice. Contemplamos un mundo que se han tragado las olas. Las reci\u00e9n casadas salen de la abad\u00eda, pero ahora ya son madres. Los allegados se muestran ardientes, pero hoy han callado. Las madres, llorosas; los invitados, contentos. Se ha ganado, se ha perdido, se ha terminado. La guerra abri\u00f3 su abismo a los pies de toda esta inocencia, de toda esta ignorancia, pero de tal modo que bailamos, hicimos piruetas, bregamos, deseamos, de modo que brillara el sol y corriesen las nubes, y as\u00ed hasta el final.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;En cambio, los cineastas parecen insatisfechos con tan obvias fuentes de inter\u00e9s como es el caso del paso del tiempo y la sugesti\u00f3n que la realidad desprende. Desprecian el vuelo de las gaviotas, los barcos en el T\u00e1mesis; desprecian al pr\u00edncipe de Gales, Mile End Road, Piccadilly Circus. Desean mejorar, alterar, crear un arte propio. Es natural; parece que es mucho lo que entra en su espectro. Son muchas las artes que parecen dispuestas a prestar ayuda. Dir\u00edase que todas las novelas famosas del mundo, con sus personajes y escenas de sobra conocidos, est\u00e1n a la espera de encontrar la pel\u00edcula que las refleje. \u00bfHay algo m\u00e1s f\u00e1cil, m\u00e1s simple? El cine cae sobre su presa con rapacidad inmensa, y hasta este momento subsiste sobre todo gracias a los despojos de su infortunada v\u00edctima. Pero los resultados son desastrosos para ambos. La alianza es contra natura. Ojo y cerebro se desgarran de un modo despiadado cuando en vano tratan de funcionar en pareja. Dice el ojo: \u00abHe aqu\u00ed a Ana Karenina\u00bb. Aparece una voluptuosa se\u00f1ora con vestido de terciopelo negro y collar de perlas. El cerebro, en cambio, dice: \u00abEsa es tan Ana Karenina como podr\u00eda ser la reina Victoria\u00bb. Y es que el cerebro conoce a Ana Karenina casi en la totalidad de su esp\u00edritu: su encanto, su pasi\u00f3n, su desespero. El \u00e9nfasis que pone el cine recaer\u00e1 en sus dientes, sus perlas, su terciopelo negro. Entonces, \u00abAna se enamora de Vronski\u00bb, esto es, la dama del terciopelo negro cae en brazos de un caballero de uniforme, y se besan con suculencia enorme, con gran intenci\u00f3n, con gesticulaci\u00f3n infinita, en un sof\u00e1 de una biblioteca extremadamente oportuna, mientras un jardinero a la saz\u00f3n siega el c\u00e9sped de la entrada. As\u00ed vamos y venimos a tirones a lo largo de las novelas m\u00e1s famosas del mundo. As\u00ed las manifestamos en una sola s\u00edlaba, escrita, por qu\u00e9 no, con la caligraf\u00eda de un chiquilicuatre analfabeto. Un beso es el amor. Una taza rota son los celos. Una sonrisa es la felicidad. La muerte es un f\u00e9retro. Ninguna de estas cosas guarda la m\u00e1s m\u00ednima conexi\u00f3n con la novela que escribi\u00f3 Tolst\u00f3i, y solo cuando renunciamos a relacionar las im\u00e1genes del libro con las escenas accidentales que nos llegan \u2500por ejemplo, el jardinero que siega el c\u00e9sped\u2500 colegimos de qu\u00e9 ser\u00eda el cine capaz si se le dejase a sus anchas.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Ya, claro, pero \u00bfcu\u00e1les son esos recursos que tiene? Si dejara de ser un par\u00e1sito, \u00bfc\u00f3mo caminar\u00eda erguido? En la actualidad, solo a partir de indicios puede uno formarse una conjetura. Por ejemplo: el otro d\u00eda, en un pase del Doctor Caligari apareci\u00f3 una sombra en forma de renacuajo en una de las esquinas de la pantalla. Se fue hinchando hasta alcanzar un tama\u00f1o descomunal, retembl\u00f3, se sobr\u00f3, volvi\u00f3 al cabo a ser inexistente. Por un instante, pareci\u00f3 encarnar una imaginaci\u00f3n monstruosamente enferma en el cerebro de un lun\u00e1tico. Por un momento pareci\u00f3 que pudiera ser transmitida con m\u00e1s eficacia por medio de la forma que por medio de las palabras. El monstruoso, temblequeante renacuajo parec\u00eda ser la encarnaci\u00f3n misma del miedo, y no la proclama de \u00abTengo miedo\u00bb. De hecho, la sombra era mero accidente, el efecto no era intencionado. Pero si una sombra en un momento determinado puede llegar a sugerir tanto m\u00e1s que los gestos y palabras reales de los hombres y mujeres que son presa del miedo, parece evidente que el cine tiene en su poder innumerables s\u00edmbolos de la emoci\u00f3n que hasta el momento no han encontrado el cauce de expresi\u00f3n m\u00e1s id\u00f3neo. Adem\u00e1s de sus formas habituales, el terror tiene la forma de un renacuajo: se hincha, prospera, tiembla, desaparece. La c\u00f3lera deja de ser tan solo despotricar y ret\u00f3rica, caras coloradas, pu\u00f1os cerrados. Tal vez sea una l\u00ednea negra que culebrea sobre una s\u00e1bana blanca. Ana y Vronski ya no tienen que hacer muecas. Tienen a su entera disposici\u00f3n&#8230; \u00bfel qu\u00e9? \u00bfHay acaso, nos preguntamos, un lenguaje secreto que sentimos y vemos, que nunca decimos? En tal caso, \u00bfpuede ser visible? \u00bfHay alguna caracter\u00edstica que posea el pensamiento y que pueda plasmarse visiblemente sin ayuda de las palabras? Tiene velocidad y tiene lentitud; tiene las virtudes de una flecha, a la par que una circunlocuci\u00f3n vaporosa. Pero tambi\u00e9n tiene, especialmente en los momentos de emoci\u00f3n, el poder de plasmarse en im\u00e1genes, la necesidad de cargar su pesado fardo sobre otros hombros, de que una imagen corra a su lado. Por alg\u00fan motivo, la semejanza del pensamiento es m\u00e1s bella, m\u00e1s comprensible, m\u00e1s asequible, que el pensamiento mismo. Como todo el mundo sabe, en Shakespeare las ideas m\u00e1s complejas forman cadenas de im\u00e1genes a lo largo de las cuales ascendemos, cambiamos, bajamos, hasta llegar a la luz del d\u00eda. Pero es evidente que las im\u00e1genes de un poeta no se han de forjar en bronce, no se han de perfilar a l\u00e1piz. Son un compendio de millares de sugerencias, de las cuales la visual es solo la m\u00e1s obvia, o la superior. Hasta la imagen m\u00e1s sencilla, \u00abMi amor es como una rosa roja, roj\u00edsima, que ha brotado en junio\u00bb, nos ofrece una sensaci\u00f3n de humedad y de calor, y el resplandor del carmes\u00ed, y la suavidad de los p\u00e9talos, mezcladas de manera indisoluble, tendidas sobre una rima que es en s\u00ed la voz de la pasi\u00f3n y del titubeo del amante. Todo esto, que es asequible a las palabras, y solo a las palabras, es lo que el cine tiene que evitar.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;Con todo y con eso, si es tan grande la parte de nuestro pensamiento y sentimiento relacionada con la vista, alg\u00fan residuo de emoci\u00f3n visual, que no le sirve de nada al pintor, ni al poeta, tal vez a\u00fan aguarde al cine. Es muy probable que tales s\u00edmbolos sean asaz distintos de los objetos reales que vemos ante nuestros propios ojos. Una abstracci\u00f3n, algo que exige muy poca colaboraci\u00f3n de la palabra o de la m\u00fasica para ser inteligible, si bien las usa de manera ancilar&#8230; de tales abstracciones con el tiempo es posible que terminen por estar hechas las pel\u00edculas. Claro que cuando se halle un s\u00edmbolo nuevo para expresar el pensamiento, el cineasta dispondr\u00e1 de una riqueza enorme. La exactitud de la realidad, su sorprendente poder de sugesti\u00f3n, estar\u00e1n al alcance de su mano en un visto y no visto. Hay Anas Kareninas y Vronskis a porrillo. En carne y hueso. Si a esas realidades consigue insuflar emoci\u00f3n, y si sabe animar la forma perfecta con el pensamiento, su bot\u00edn ser\u00e1 incalculable. A medida que el humo se disipe en las laderas del Vesubio, tendr\u00edamos que poder ver el pensamiento en su estado puro, en toda su belleza, en su rareza, verti\u00e9ndose sobre los hombres que se han acodado a una mesa, sobre las mujeres con los bolsos en el suelo. Tendr\u00edamos que ver esas emociones entremezcl\u00e1ndose, de modo que se afecten unas a las otras. Tendr\u00edamos que ver, a ser posible, violentos cambios de emoci\u00f3n producidos por la colisi\u00f3n entre todas ellas. Los contrastes m\u00e1s fant\u00e1sticos podr\u00edan centellear ante nuestros ojos con una velocidad tras la cual el escritor solo podr\u00e1 desvivirse en vano, y la arquitectura de ensue\u00f1o de los soportales y los baluartes, las cascadas, los enhiestos surtidores de las fuentes, que a veces nos visitan en sue\u00f1os, o se forman en las habitaciones en penumbra. Todo ello podr\u00eda materializarse ante nuestros ojos desvelados. No habr\u00eda una sola fantas\u00eda excesiva, ni carente de sustancia. El pasado podr\u00eda desplegarse ante nuestros ojos, aniquilarse las distancias, y esos abismos que dislocan las novelas (por ejemplo, cuando Tolst\u00f3i tiene que pasar de Levin a Ana, y en esa transici\u00f3n se le desencuaderna el relato, y desacuerda toda nuestra simpat\u00eda) bien podr\u00edan, gracias a la igualdad del tel\u00f3n de fondo, a la repetici\u00f3n de una escena, pasar inadvertidos.<br \/>\n&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;A d\u00eda de hoy, nadie sabr\u00eda decirnos c\u00f3mo ha de intentarse todo esto, y menos a\u00fan c\u00f3mo podr\u00eda lograrse. Tenemos vislumbres solamente en el caos de las calles, tal vez cuando una moment\u00e1nea mezcla de colores, de sonido, de movimiento, sugiere la existencia de una escena a la espera de quedar fijada. A veces tambi\u00e9n los tenemos en el cine, en medio de su inmensa destreza, de su enorme resoluci\u00f3n t\u00e9cnica, en las cortinillas, cuando contemplamos, a lo lejos, cierta belleza desconocida e inesperada. Pero solo ha de durar un instante, porque ha ocurrido algo extra\u00f1o: as\u00ed como todas las dem\u00e1s artes nacieron desnudas, esta, la m\u00e1s joven, ha nacido vestida de cuerpo entero. Puede decirlo todo antes de tener nada que decir. Es como si la tribu del buen salvaje, en vez de hallar dos barrotes de hierro con los que ta\u00f1er un clangor, hubiera encontrado a la orilla del mar los violines, las flautas, los saxofones, las trompetas, los pianos de cola que fabrican Erard y Bechstein, y como si hubiera principiado con una energ\u00eda incre\u00edble, pero sin saber una sola nota, a aporrearlos todos ellos a la vez.<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" src=\"https:\/\/unatumbaparaelojo.com\/wp-content\/uploads\/2024\/05\/The-Kreutzer-Sonata-Bernard-Rose-2008-1.png\" alt=\"The-Kreutzer-Sonata-Bernard-Rose-2008-1\" width=\"1927\" height=\"1040\" class=\"aligncenter size-full wp-image-5726\" srcset=\"https:\/\/unatumbaparaelojo.com\/wp-content\/uploads\/2024\/05\/The-Kreutzer-Sonata-Bernard-Rose-2008-1.png 1927w, https:\/\/unatumbaparaelojo.com\/wp-content\/uploads\/2024\/05\/The-Kreutzer-Sonata-Bernard-Rose-2008-1-300x162.png 300w, 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Traductor: Miguel Mart\u00ednez-Lage. Originalmente en: The Nation and Athenaeum (3 de julio de 1926). 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