Una tumba para el ojo

REENCARNACIÓN

Typhoon Club [Taifû Kurabu] (Shinji Sômai, 1985)

El adolescente goza, todavía, de sus últimas fuerzas para resistirse al aprendizaje sobre qué será aquello del calcular, mientras el mundo lo sumerge, esta vez peligrosamente en serio, hacia el descentramiento consistente en verse asaltado por preguntas que le trascienden. Fin de ciclo, patada torpe adelante y el club disolviéndose, sin solemnidad. Al profesor borracho le quedará el consuelo de repetir (con adultez impostada) ese soniquete de “la vida sigue”, pero la carne joven (la del profe incluida) no quiere entender, siente que se lo arrasa. Comprendiendo el hecho, un objetivo sanamente preocupado, como el de Shinji Sōmai, eludirá cuanto se pueda el identificarse con un estado psicológico en tan grado inconstante, alejándose en ocasiones, ya que de no interceder en la conmoción un general aquí nadie entendería nada. Tampoco existe un anclaje promedio, pues el Tifón Club está formado por bastantes ─alumnos, alumnas y curiosamente el profesor─, ni una linealidad esencial más allá de transcurrir de jueves a lunes ─escenas como el perverso juego del ahogamiento en la piscina o el secreto de los tonteos lésbicos se nos muestran después de haberlo contado uno a otro personaje, etc. Aún así, desde el puro exterior filmable, el repertorio de basculaciones queda inevitablemente acotado, rendido al interrogante de dónde oculta un cuerpo lozano el mecanismo que le permite alternar, en segundos y excluida cualquier mediación, entre languidecer de tedio y el baile exultante. A ratos la pregunta, infinita, del huevo y la gallina, a ratos la inútil gallardía de superar desafiando la estasis el ritmo de la propia especie. Desde la gamberrada inicial, sobre el club pende una muerte, comienzan a sospecharse las implicaciones del teorema de Pitágoras y su relación con la transitoriedad: se acabó lo de colarse de noche en el colegio.
          Al igual que en los días escolares en lontananza, son excesivos los nombres, cuerpos, personajes singulares, los desasosiegos y rencillas (facciones dentro del mismo club), guasas, disgustos, etc. como para atenderlos y, al finalizar, tratar de rememorarlos todos. Quedan las manías, algo más ligeras si uno porta solo ropa interior. También el aroma, como el de un tifón, del que dicen que antes de llegar y después de irse, huele. A partir del develamiento, el parpadeo de una luz puede equivaler a presentimiento, la intermitencia asimilarse al centro, y un fin de ciclo anubarrar la mente adolescente hasta devenir catástrofe meteorológica. ¿Y entre tanta chavalada, qué pinta la historia de los obligados esponsales, la historia del profe? Pues que él era hace poco ─quince años─ también como esos chavales, «hijo de campesinos» seguro, ahora enseñando a los hijos que vienen. Durante su indeseada fiesta de compromiso, alcoholizado, recibe una llamada de los alumnos que por favor los rescate del colegio; él no irá ─hay un tifón y está con su padre y la madre de su futura─ pero acabará rebajándose a discutir por teléfono con un adolescente muy serio (Mikami) quien lo hunde soltándole desde lejos que no le respeta y que de mayor nunca querría ser alguien como él. «Escucha, mocoso: te crees alguien especial, pero dentro de quince años serás igual que yo. ¡Quince años! ¡Hazte a la idea!». Parecía un hombre pacífico, diríase que hasta dudoso ─repetidamente el espectador ha presenciado cuanto le cuesta imponerse a suegra y alumnos─, ocurre, sin embargo, un inserto subjetivo en medio del plano-contraplano durante la conversación telefónica y el profesor se doblega a trasmutarse: asomándose al salón, donde su futura mujer y la madre cantan, en picado encuentra a su progenitor sentado en el suelo, acabando de comer, descubriéndose con laxitud de borracho la parte superior del kimono. Al primer golpe de vista, la serena figura de tatuado dorso aparece imponente, al segundo siguiente, al girarse devolviendo la mirada al hijo (mirando a cámara), apreciamos por contra una irrebatible expresión de satisfacción bovina. Hacia dos extremos, hacia dos ciclos, tres segundos tarda el plano en indefinirse, suficientes para descubrir al profesor que no estaría ni tan mal ni tan bien encontrarse portando en quince años las marcas del padre.

Tifón-Club-1

Tifón-Club-2

Tifón-Club-3

DESLIZ

Love Hotel [Rabu hoteru] (Shinji Sômai, 1985)

Tan solo un recuerdo basta para inundar cien planos. Hemos sido expulsados del reino de las sirenas e intentamos volver a él, rememorarlo mientras flotamos sobre una imagen que no logra hallar su centro, gozosa con únicamente deslizarse en tanteos que encuentran en su mera ejecución el impulso que mantiene viva la respiración ─nada de violencia ni sexo, solo espasmos y emoción─. Del centro difuso surge entonces la división clara entre diferentes estados de la luz, acompañante de las almas mutantes moviéndose de Yokohama a Shinjuku, taxi mediante, siempre tentadas por el encuentro, acechadas por conspiraciones con nombres fluctuantes (Vía Láctea, Ohta), simplemente complots que convierten el vacío en drama, constantemente horadado por miedo, excitación, crisis nerviosas; la belleza del softcore y la canción melódica (pintalabios, trajes, BDSM, gafas de sol, estribillos) vuelve a nosotros en medio de la madrugada y la indefinición de las serenatas. Remedios para el solitario, también para el resfriado, calmantes que nos permitirán bucear por medio de luces parpadeantes, moscas y confeti. Diferentes espacios-estanque que buscan irremediablemente desbordarse, entremezclar los fluidos, bloques recogidos en un único plano con desiguales encuadres tendentes al arrebato y el desmayo. Vemos cada uno de estos fotogramas bajo la superficie, en medio de la flora, y no tenemos miedo a permanecer quietos durante minutos ni de llenarnos los ojos de espuma. Deseamos en secreto quedarnos un poco ciegos.
          Retornemos a un término: indefinición. ¿De qué se trata todo esto? De esperar un poco más, de disfrutar de la confusión, como el taxista que vive con la duda permanente de quién será su siguiente pasajero. También de coser el vínculo que une la pornografía con el melodrama, del prostíbulo a la escuela. La única conspiración posible es la cotidiana, solo intuida en los intersticios de actividades rutinarias que, a través de un fallo en el movimiento, escurren sus redes hasta escapar de la pantalla. La maquinación de los melancólicos sin identidad, inimitable forma de escapar de los yakuzas y pornógrafos, del centro de la imagen. Al otro lado del teléfono no hay nadie que escuche, pero la imagen sigue, la música y el sonido se excitan: cuando no quedan ya espectadores se produce el destello, imposible de detectar la primera vez, por eso volvemos al club, reconquistamos el coito, retomamos nuestro nombre, quemamos la escena inicial. A lo largo de esta travesía, nos hemos disfrazado en pos de amenazar (esposas, cuchillos, capuchas) porque es necesario jugar al pasatiempo de las analogías, dar vida nueva a la sana costumbre del engaño y la adivinanza. El mayor de los enigmas no es otro que el destino del plano, así como su punto de partida. Son pocos elementos, no hacen falta más, unos cuantos espacios desconectados pero sólidos y una percepción deseosa de unirlos y de intuir intensamente todo lo que los separa. La distancia entre dos apartamentos se convierte entonces en el motivo para realizar una película. El trecho entre dos mujeres se nos aparece al final del camino de manera clarividente en sus dos dimensiones, física y sentimental. Es ahí cuando nos damos cuenta de que hizo falta empezarlo todo en la cumbre de la ficción para terminar, una vez llegados a la frontera, llorando por las incidencias de la realidad.

 Love Hotel (1985)