Una tumba para el ojo

NOT FADE AWAY

[1ª PARTE] PASAJE DE KYBER
[2ª PARTE] LA GRAN CURVA
[3ª PARTE] NOT FADE AWAY

Out of the Blue (Dennis Hopper, 1980)

La libre circulación de la pista de audio, acordes, ruidos, gritos, melodías, denota en unos cuantos amados filmes la presencia periférica de una energía que rara vez llega a concretarse en superposición unívoca de imagen y sonido, tendiendo por desacoplar engranajes que solemos ver unidos, desplazando nuestra atención, ojos, oídos, hacia los aledaños del encuadre: el segundo término, lo dejado fuera, el personaje cuya aparición incierta nos hace dudar de la importancia venidera de su rol. Estas corrientes sacuden el metraje de Out of the Blue, y los vaivenes de Cebe, heroína letal de un submundo del que cree formar parte, no la convierten en mártir ni santa. Nos hacemos el retrato robot: educación deshilachada, Johnny Rotten, disco sucks… lo gozoso no es constatar las rabiosas desafinaciones del principio de la década, sino latir el sentimiento, juntando las palmas y las suelas de los zapatos, acompañando los compases convulsos que recorren, contradichos, bienaventurados, dubitativos, vomitados, el espíritu de una joven (y no de la juventud) en un vaivén mortal, el de la vida dando vueltas mientras comenzamos a rociar la gasolina sobre el vehículo, antes de abrasarse. Se sufre de mareos, de fijaciones farragosas, concretadas en planos donde una conversación parece lidiar entre cavilaciones vagas, sentencias para sellar y destellos de confusa emoción. Ahí, entonces, encuentra Hopper, director, el choque ideal para mirar más de cerca, cortar la marea de discusiones memas, crueldad lastimera, y filmar en presente los gestos que conformaron una manera de hallarse en el mundo, las vueltas y revueltas, los labios pintados, vaqueros, el pitillo entre los dedos, el pulgar en la boca. La insistencia veteada de estas manías y hábitos no cachea las causas de suicidios a los 27, ni humaniza a la estrella proveyéndole cuerpo. Hopper rastrea la periferia, recoge a última hora un proyecto poco tentador, y se contenta con estar ahí, mientras se huelen aún las llantas quemadas.
          La experiencia se mueve entre los inevitables escarceos, intentos de escapada, y la aparentemente perenne refriega hogareña. Si nos sentimos fríos, como Don, Kathy y Cebe en un pícnic en medio de la arena, no nos invade el desasosiego de inmediato porque trotando llega el rostro reencuadrado, la pareja en plano medio, para encender en escasos segundos la posibilidad de un futuro imaginado, el presente cambiado de la noche a la mañana. Es aquí donde volvemos a la música, como reclinación, fuga y estratagema circundante, y pensamos en Melvin and Howard (1980), donde Jonathan Demme, amándola demasiado, se negaba a ofrecérnosla sin estar integrada en su entorno, al modo de Hopper con Neil Young o Elvis Presley, un elemento del ritmo insertado en el drama y la cotidianidad. Mediante la inmersión en el tiempo del incendio, el espectador va pasando por una serie de escenas que lo absorben, recolocan, fijan, remueven, apartan: clubes, apartamentos, escuela, la amenaza del correccional, y cuando damos un paso adelante, más arrinconados se sienten los ánimos, más imperioso se antoja el deseo de imprimir en nuestro intervalo vital el gesto que hará callar los acordes, gritos, ruidos y melodías. Han pasado ya muchos años desde las dudas sobre el siguiente paso tras Never Mind the Bollocks, Here’s the Sex Pistols. ¿Qué hacer después de la explosión? Introducirnos en el negro. La película ha terminado.

Out of the Blue (Dennis Hopper, 1980)

EL PAN Y LA CANCIÓN

Four Seasons: Natsuko [Shiki Natsuko] (Yôichi Higashi, 1980)

Un malentendido ocasional se produce cuando uno intenta explicar de qué manera se confronta con un filme, la conversación pronto termina recalando en un sustantivo antipático y en sus múltiples sinónimos: inmersión. Remato reconociendo límites entre lo que separa este sumergirse, apabullando los sentidos de uno, dejándoselos manosear con extremidades de gigante, y la visión de una experiencia, la vida recreada en sus múltiples usanzas. En el extremo de este filme encontramos dos visitas a un escorial, en la primera, refugiada en una tienda de campaña, la compañía de teatro Profile Troupe, en medio de una lluvia pegajosa, comienza su espectáculo, en la segunda, Natsuko, protagonista veinteañera de esta serie de peripecias, llega a la conclusión de que su alma se encuentra en el cuerpo, cuestión esta atravesadora del filme por entero, explicitada en un encuentro durante un viaje en tren que pone en conversación al personaje principal con el poeta Ryūichi Tamura.
          Al límite de caer en las complacencias morbosas, de vez en cuando agradecidas, del pinku eiga, la asistencia a los hábitos de Natsuko nos mantiene convenientemente desfasados con sus vivencias, unos segundos, por lo menos. Las desventuras de esta joven, en proceso de descubrimiento personal, búsqueda de trabajo, rebeliones varias, díscola familia y relaciones (el cuento ya nos lo sabemos), se presentan a modo de ligas de celuloide apiladas en bloques, y en cada una de estas agrupaciones, a la muchacha, también actriz, Setsuko Karasuma, se le concede el tiempo de rodaje necesario como para que las acciones que pone en marcha tengan un plus de mundo: pasos sobre la acera, las miradas sobonas a través del cristal del ferrocarril, sus posados integrales (el usurero es el contratante, no el empleo). Sin esa referida suma de tiempo, veríamos mucho más difusa la línea de explotación, sin embargo, la seguimos divisando, la amenaza resiste ahí, y es la satisfacción del filme ver cómo Karasuma permanece esquivándola, hasta con orgullo bien ganado. Ella puede maniobrar, y a Higashi le interesa adaptar su proyecto formal a esos ardides de juventud, para que nosotros, receptores de mundologías, podamos vernos reflejados y expulsados por el mero estar en el planeta de la mujer. Si la superposición entre el espectador y la muchacha fuese total, se procedería a un borrado parcial, de su cuerpo, del nuestro, pues dos personas no pueden entenderse si viven demasiado sincronizadas; en cambio, si no llegásemos a atisbar, con unos pocos segundos de retraso, algo del modo de mirar de Natsuko, aclarando, si la integridad del metraje nos quisiese expulsar conscientemente, estaríamos convocando un fantasma que a día de hoy solo pertenece a los nostálgicos y a las videocámaras de los grandes almacenes: la experiencia no se registra como quien vigila un paquete precintado.
          Nos hemos desquitado ya de unos mínimos pretextos para entrar a este juego de la existencia, en el que con un poco de paciencia reconoceremos, con el cuerpo que se nos ha dado, los vaivenes de otro, y la ocasional alteración que separa, une, lo trivial de lo estético (lo segundo siempre fue, en primera instancia, lo primero). Este filme viaja por los hábitats del éxtasis ordinario, es un pájaro sobrevolando la mercancía, está allí pero en otra parte, su personaje central anticipa, vive, se exalta, y luego examina su propia imagen de exaltada: loca ambición convertida en escena, Natsuko, a punto de separarse de su novio tras tres años, supervisa junto a él las fotografías de su desnudo integral, proyectadas en la sucia pared del lugar de trabajo de su amante. Ella, entonces, procede a colocarse enfrente de la diapositiva, reflejando su contorno en la fotografía, los senos destapados se reflejan en su camiseta, y poco después la Natsuko presente se desnudará para fusionarse con su propia aventura pasada. Esta zagala ha pasado, como vemos, no solo por la inconsciencia del embeleso de la vida común, también va aprendiendo las felices prórrogas de la experiencia, esos instantes de recreación personal donde una rememora, o visiona, escucha, el momento donde fue preciosa.
          Tamura departía sobre el filósofo francés Alain, citaba una frase: “Canta mientras te ganas el pan”, y se la repetía a Natsuko. Su último consejo, la canija pizca de sabiduría, tras tantas penas y alegrías, residía en un propósito de re-unión. En 1980, hoy, ya no se tararea a la fábrica. También el cine, en un momento impreciso en el tiempo, comenzó a partir caminos con la canción, por lo tanto con la experiencia del obrero, y fundiendo desmesuradamente el deseo de libertad, el terrorismo del registro y la fijación enfermiza en unos cuerpos desastrados, terminó por olvidarse de las sonrisas. Natsuko, en medio de un rodaje atroz, chabacano, debe repetir una toma, al principio las cosas no salen bien, pero ella insiste y triunfa. Al final, en esa pequeña victoria, si bien no nos sumergimos en su júbilo, un enlentecimiento feliz nos hace aproximarnos al ideal descrito: el peón retoma sus vivencias, y el público, con demora, recibe la gloria.

Four Seasons: Natsuko [Shiki Natsuko] (Yôichi Higashi, 1980)