UNA TUMBA PARA EL OJO

«BECAUSE LIFE IS DULL, A GOOD FIGHT KEEPS IT INTERESTING»

ESPECIAL HAL HARTLEY

Amateur (1994)
Ned Rifle (2014)
Hal Hartley, Not So Simple

Ned Rifle (Hal Hartley, 2014)

Se requiere una vasta independencia, búsqueda constante, desempolvar cada tanto las ganas de hacer cine, para parir una trilogía tan benditamente deslavazada como la conformada por Henry Fool (1997), Fay Grim (2006) y Ned Rifle (2014). Nueve años separan la primera de la segunda, ocho median entre la segunda y la tercera; el cómputo total arroja una empresa de diecisiete años. La primera se hizo con el premio al mejor guion en el Festival de Cannes, la tercera tuvo que financiarse por Kickstarter. Tras semejante designio solo puede estar Hal Hartley o el diablo, probablemente. Más aún cuando la continuidad entre las tres corre a cargo del mundo interior de los personajes (de las memorias que guarda el espectador) a la vez que, en cada entrega, Hartley se aviene a doblegarlos ─a los personajes (y con ellos, al espectador)─ hacia un proyecto formal distinto.
          Después de declinar, en Fay Grim, la morfología del encuadre digital hacia un sinfín de sus aberrantes posibles, Ned Rifle acaba concibiéndose a sí mismo como otro capítulo más, encomendándose del digital a su eficacia portátil. Cuestiones de economía, fílmica y extrafílmica. Con la red agujereada, trabajando a perpetuidad con presupuestos ajustados, Fay Grim debía decidir entre poner en escena tiroteos verosímiles, sirviéndose de coberturas narrativas y balas de fogueo, o confabular una producción oblicua, febril de amor, eminentemente dramática, rodando en unos Berlín, Estambul, Nueva York y París mitad reales-mitad recreados: Hartley se decantará por lo segundo. Posteriormente a Henry Fool ─con la cual Hartley alcanzaría su acmé en lo referente a prestigio crítico─, la trayectoria de largometrajes del cineasta iría espaciándose, topándose con la indiferencia, significando Fay Grim la puntilla. A partir de entonces solo cortometrajes, el cineasta oponiéndose a concebir sus obras en clave de feature films ─«I’d like to do something more than supply an anticipated product for a known market»─, aventuras todavía más independientes (La Commedia, 2014), trabajos para la televisión (My America, Red Oaks); considerado estrella fugaz de los noventa, en adelante cierto olvido. Lo más parecido a un largo sería Meanwhile (2011), donde, en menos de una hora, un neoyorkino maduro como Hartley está obligado a reinventarse. Y lo consigue.
          También Ned Rifle debió decidir: ¿proseguir las pesquisas digitales de la entrega anterior, tal vez intentar otro capítulo? De nuevo, lo segundo. El digital ecuánime, vaciado de ruido, de Meanwhile, desbrozaba el mismo viejo camino a transitar con otras herramientas, una bocanada. La tercera entrega ─autoproducida (Possible Films)─ de menos de 400.000 dólares medita sobre cómo extraer de un exiguo presupuesto no preguntas sino respuestas, una máxima claridad expositiva. ¿Acaso tendrá algo que ver que “Ned Rifle” corresponda al seudónimo utilizado por Hartley al acreditarse a sí mismo en la música de sus otros filmes? Si le preguntan sobre ello, se cuidará de replicar que no, no sea que alguien lo interprete a modo de testamento y se le dé aún más por muerto. Respuestas significa, además, no contribuir con un encuadre furioso a la confusión apocalíptica según la cual un cineasta talentoso como él no puede gozar hoy día de presupuestos medianos. Imaginemos que la base del cine independiente sería la aceptación, aun cuando pareciera imposible, de cuadrar serenamente las cuentas. Y aquí Hartley cuenta con la troupe; pues, respecto a la relación con sus actores, a efectos de comunicabilidad con ellos, advertiremos que el cineasta-productor ha hecho al menos eso siempre soberanamente bien, consiguiendo que le sigan esforzados, apegados proyecto tras proyecto, aviniéndose a cobrar el mínimo sindical si no queda más remedio (Thomas Jay Ryan, James Urbaniak, Martin Donovan, Parker Posey). Del filme, un ejemplo cristalino: relevándose con los créditos iniciales, a la vez que presenciamos cómo un funcionario saca a Fay esposada de un furgón, el sonido de presentador de telediario nos informa que la madre de Ned está siendo trasladada de una base secreta estadounidense a la penitenciaría federal, cuando la imagen, durante un par de segundos, se detiene; en el cambio de plano, entendemos que dicha detención se ha operado para que la imagen de Fay pase a formar parte de la esquina superior izquierda del noticiario, el presentador a la derecha, mostrando el programa a pantalla completa tal como si fuéramos los espectadores del directo. Dicha trasferencia ─de Fay al telediario, del telediario al cine─ sin pizca de rubor, perfectamente engrasada, desdibuja oposiciones, el intersticio se disuelve en un abrazo: a Hartley rodar en digital ya no le problematiza.
          El cineasta retorna al plano como centro neurálgico y unidad de medida. Aquellos desasosiegos locuaces que en ocasiones se traducían en encuadres digitales con pequeñas correcciones de seguimiento, tendentes a desequilibrar por no especificar desde el principio dónde acabarían los personajes, su relación con la escena y el cuadro, cuando llegara el corte, Hartley los aparca con ocasión de cerrar la trilogía. Aquí solo hay algunos movimientos cortos de la cámara sobre su eje, pequeños paneos que recogen a un personaje pasando de la calle a un interior, de una estancia a otra. También pocos deshilachados travellings de presentación, rápidamente despachados para dar a situar, en segundos, un primer plano o uno medio de los personajes. El resto es dominado por una fehaciente fijeza, una economía del encuadre modesta, pero profunda y expansiva (escuela Godard, promoción de los 80). Hartley cita consciente a Robert Bresson: «No muestres todos los lados de la cosa. Es la frescura del ángulo particular desde el que ves lo que dará vida a la cosa». Puesta en forma que, por un lado, reconecta con las preocupaciones del cineasta cuando aún se le permitía filmar en celuloide, mientras que por el otro rima con la determinación de Ned de asesinar por fin a Henry, su padre.
          Una de las misteriosas flaquezas del digital, respecto del celuloide ─cuestión digna de recibir minuciosos estudios técnicos y, en consecuencia, futuras soluciones tecnológicas─, puede tasarse en cuanto más en el primero respecto al segundo una pobreza indomada puede llegar a ofuscar la puesta en escena. Sin embargo, la concreción, el sometimiento de los personajes al encuadre firme, estrategias largamente trabajadas por Hartley y recuperadas con severidad en Ned Rifle, afianzan su valor; pertenecientes al verdadero cuerpo del cine, su vigencia se muestra a las claras en cualquier soporte. Pocos cineastas han sido tan precisos como él a la hora de poner en actor puesto en cuadro las libertades redentoras, anejas a sus correspondientes automatismos incorregibles, que concede el desclasamiento. También la palabra desclasada. Contra el automatismo discursivo primordial ─la herencia interior del presente cultural en su conjunto─, los personajes ejercen otro todavía más de superficie, una especie de contrarréplica espontánea al mundo que puede trabajarse (leyendo o escribiendo): dramatúrgicamente, ellos mismos se narran, recitan sus frases de seguidillo y muy rápido, devolviéndoselas unos a otros cual resorte, chispeadas a pedernal como de un fuero endógeno crepitante cuya mecha estuviera al alcance de la boca. Así, en un mundo tan maltrecho, la literatura se torna subversiva simplemente por oponerse al broadcasting. Palabra y movimiento tienen su momento, el pensamiento, la duda, tienen el suyo, y el cineasta se encarga constantemente de diferenciarlos en escena para capturar la resolución exacta en la que Ned, Henry, Susan, Fay y Simon viran su ser o se concretan.
          Tomando en la consideración que merecen las adaptaciones de Hartley al soporte digital, lo cierto es que de su primer filme (The Unbelievable Truth, 1989) al de momento último las formas se mantienen religiosa, tercamente constantes; otra cualidad bressoniana. En una entrevista aparecida en los Cahiers nº 178 (mayo de 1966), ejerciendo Godard de entrevistador, Bresson intentaba poner en palabras la intuitividad que domina la realización de sus filmes: idealmente, es la forma la que ocasionaría los ritmos, pero siendo los ritmos todopoderosos ─incluso en una crítica de cine, afirma─, se hace complicado dilucidar si estos no serán en realidad la materia primigenia con la que trabaja el cineasta en rodaje, teniendo la forma solo una existencia previa ─como síntesis instintiva hacia la que tender─ y posterior ─la síntesis efectiva. En el medio, la rampa hacia el espectador, que sería primero, sobre todo, un asunto de ritmo «que luego es un color, cálido o frío, y enseguida tiene un sentido, pero el sentido llega lo último» (Bresson). Por su parte, Hartley dice haber empezado a articular, después de Simple Men (1992) ─un filme con menos diálogo respecto de los anteriores─, su objetivo de fusionar el ritmo y la melodía del diálogo con el ritmo y la melodía de la actividad física, teniendo como prioridad el hacer trabajar juntas ambas instancias. Como principio rector de la puesta en escena, una disposición adicional compartida por los cineastas: al mismo tiempo que se deja lo más libre posible al espectador (dentro del laberinto), debe uno hacerse amar por él (el hilo de Ariadna). Con Amateur (1994), los dominios del proyecto formal, en el cine de Hartley, se ensanchan, concretándose la evolución en el retablo tríptico de Flirt (1995) ─para él, filme preferido de entre los suyos y el único en que aparece, junto a su mujer, como actor─, Henry Fool supondrá un recomienzo efímero, su particular Sauve qui peut (la vie).
          Si la resistencia del ambiente no fuera casi siempre tenaz, el yo no habría adquirido nunca conciencia de sí mismo. Dicha intuición, en un cineasta tan poco paisajístico como Hartley, se traduce en asimilar el ambiente sobre todo a las otras personas cerca, a los demás. De ahí procede asimismo su tono de comedia en voz baja, pues de buen grado reconoceremos que resulta más penoso engendrar el unísono con los demás que con un paisaje. Desde Trust (1990), donde por casualidad Maria era impelida por Matthew a atraerse el mundo con la ayuda de un diccionario, hasta la trilogía que cierra Ned Rifle, cuyo motor es la perversión desajustante y sus consecuencias que en cada uno de los personajes siembra Henry. A partir de este existencialismo del desfase que personajes y espectador enfrentan individualmente ─la des-memoria de Thomas en Amateur─, el par en adelante indisoluble se hará sensible de lo significativo de los objetos, de la dificultad de restañarse con el mundo, naturalizando el arrebato resuelto ─y por ello anticonvulsivo (la convulsión es lo que lo precede)─, de quien se percata y decide de forma inmediata por una realidad, entregándose a ella con la urgencia antiautoritaria de perdiendo un tren o policía en los talones.
          En la carrera, «there’s no such thing as adventure, there’s no such thing as romance. There’s only trouble and desire» (Simple Men). Paradójicamente, en el submundo puesto en marcha por Hartley son las asperezas las que acarician, encontrándose un placer disparatado en detener el in flujo de lo que lubrica lo social. Fricción del héroe, del santo y del mártir, pero también del sátiro, del malogrado y del sinvergüenza. Cada día, un puñado de oportunidades para imbuirse de fuerzas con las que combatir la futilidad del mundo (Ambition, 1991) o ayudar a alguien (Meanwhile), rebasando los barrotes. Las inconsecuencias de Susan Weber con el pintalabios ─incapaz de aplicárselo a derechas─, con Henry ─queriéndole matar con sus propias manos pero además acostarse con él, agradeciéndole el hecho de haberle descubierto a Lautréamont, Verlaine y Rimbaud cuando era menor de edad y no debía─, son las que hacen peligrosamente sexi a Aubrey Plaza. A riesgo de acabar como Simon Grim, haciendo stand-up de su propia visión y persona sin que nadie se digne a visitar su blog, Hartley seguirá haciendo «what humans do: try» (el final de The Girl from Monday, 2005). Conclusión: por su sentido extramoral y su terrorismo ilustrísimo, la trilogía que cierra Ned Rifle debería instituirse de obligatoria prescripción a toda juventud en edad de instituto.

 

Ned Rifle (Hal Hartley, 2014) - 1

Ned Rifle (Hal Hartley, 2014) - 2

Ned Rifle (Hal Hartley, 2014) - 3

Ned Rifle (Hal Hartley, 2014) - 4
«These self-satisfied pundits who themselves received master’s degrees for writing college papers on post-Marxist third generation feminist apocrypha or whatever, now have these high-paid tenured positions lock-step with college policy, pushing only commercially sustainable mass-cultural phenomena, proudly detailing the most profitably, impermanent trends as critically relevant societal indicators for the next really cool Facebook ad, et cetera. I mean, am I repeating myself?»

 

Ned Rifle (Hal Hartley, 2014) - 5
«God, I love it when you get all
fired up and indignant like this».

 

Ned Rifle (Hal Hartley, 2014) - 6
«Fuck me».

 

Ned Rifle (Hal Hartley, 2014) - 7

Ned Rifle (Hal Hartley, 2014) - 8

 

BIBLIOGRAFÍA

“In Images We Trust”: Hal Hartley Interviews Jean-Luc Godard

Cahiers du cinéma nº 178, entrevista a Robert Bresson (mayo de 1966). En castellano en La política de los autores. Ed: Paidós; Barcelona, 2003.

 

A MOVER AND A SHAKER

ESPECIAL HAL HARTLEY

Amateur (1994)
Ned Rifle (2014)
Hal Hartley, Not So Simple

Amateur (Hal Hartley, 1994)

Ansiábamos conquistar de nuevo la tranquilidad del americano paciente, pero no había condenada manera de sentirla en nuestras pieles; inesperado hallazgo el de dejar al personaje amnésico para hacerlo volver a palpar, dócil paradoja, algo de calma. Grandes elucubraciones que uno tiene en la infancia al ducharse por la noche después de un fatigoso día de sentimientos encontrados, largo, como todos cuando se es niño: salir del agua y perder la memoria, regresar al comienzo, aprender que la toalla está ahí para secar nuestra humedad, los extraños de la cocina para ayudarnos a crecer con algún tipo de soporte. Hora de dormir. Thomas Ludens aún recuerda la manera correcta de inhalar el humo de un cigarrillo, pero en el proceso de borrado ha perdido la suficiente biografía como para escuchar y mirar de forma apropiada a Isabelle; pocos cineastas americanos han sabido dar el espacio necesario a Huppert: aquí se consigue que sus “sí” y “no” endulcen, la miramos con la feliz sospecha de que esta antigua novicia tiene una pizca de verdadera ingenuidad, y ni la pornografía lírica escrita en el mismo bar durante toda la mañana empapa de pesada sátira revisionista el calor transmitido en sus réplicas hacia los accidentes con los que se tropieza. Isabelle, cada día, a costa de darse de golpes contra la calle y el piso, como los demás personajes del filme, logra salir otra vez de esa bañera. La ligera desmemoria es el ideal pequeño del que adueñarse, a menudo, con calma, tranquilidad.
          Es este ir de través sin volar como un cohete, aunque resuelto hacia adelante, lo echado de menos en América, los sueños quietos de los parias y outsiders, filmados por alguien sentado en la mesa de atrás del restaurante, escribiendo su historia en una servilleta, incapaz de ponerse demasiado nervioso, lo bastante calmado para dejar que los gestos calen, pero destellado en agradecidos armisticios por los flashes que convierten unos pocos segundos en bloques de franca esperanza, instantes donde se respira de veras un eventual cambio en la regla del juego. Entonces, la hazaña sigue siendo minúscula pero reconfortante, al fin y al cabo. El impacto, la tortura y, costeando el adoquinado, la muerte, nos aguardan. Sin embargo, la lágrima final de Isabelle termina siendo ganada, sincera y conmovedora para estos ojos que escriben, porque ella, como Sofia, pensó que una vida fuera podía albergar algo de amor, y en ocasiones, al descubrir la poca disposición del mundo a jugar o a dejarse des-memorizar un mínimo, uno no puede evitar sentirse un poco (¡lo justo!) desalentado. 27 años más tarde, aún es posible volver a 1994, mediante planos tranquilos en su revuelta, y apreciar con Isabelle la nula vanidad de la lágrima derramada.

Amateur Hal Hartley

 

CHACHACHÁ

Bells Are Ringing (Vincente Minnelli, 1960)

Un paso de baile se convierte en el trueque más justo para el ojo: se nos concede el movimiento, ofrecemos exaltación. De paso, redescubrimos una parte de la esencia de aquello que alguna vez entendimos como cine. Susanswerphone, el set. El apartamento de Jeffrey Moss, otro decorado. La realidad no es aprehendida dentro de la moralidad impuesta por el espacio industrial de la tramoya. Al contrario, estos múltiples planos de existencia que la danza expande se escapan de la realidad, la sobrevuelan, dirigiéndose a lo desconocido (la unión de clases, un comienzo) y, al mismo tiempo, hacia la respetabilidad, siempre minusvalorada, de un reino coherente dentro de unas esferas de vida. Aventurémonos a afirmar que el reino se sumerge con la materialidad y, al mismo tiempo, se distingue de ella. Los teléfonos suenan, comienza el juego de las máscaras. Llamadas chirriando, redistribuyéndose, triscando unos planos que no dejan de avanzar ni retroceder, porque un encuentro requiere su arco, divorciado por completo de la dramaturgia académica, más bien en acomodo con unos cuerpos extraños que comienzan a entender cómo respiran, de qué manera se mueven. Actores encontrándose en una escena, Judy Hollyday y Dean Martin, pasando por una serie de posturas que mutan conforme a unos sentimientos predecesores del choque de clases, el romance y, por extensión, la revuelta del movimiento. Es necesario entonces enamorarse por fragmentos, empezando con la voz, siguiendo con la representación corporal y terminando con el disfraz ridículo de última hora. Fue ineludible mantener todo en secreto para que el baile se convirtiese en la última conspiración posible.
          Ningún albedrío recibirá el ojo si la mirada es acotada a unas figuras sin libertad para afinar el entorno. El preludio a un cruce de calles se convierte en la oportunidad de redescubrir la musicalidad del saludo, un nombre adquiere la gracia de un acorde, y recordamos que no solo se baila con las manos y las piernas, sino con la voz y el espíritu. Vincente Minnelli, metteur en scène, redistribuye parejas, agrupa tríos, desencadena choques en un chachachá establecido entre tres y una danza dual que modula una farola y unos bancos, antesala del complot no deseado (las jerarquías estallan al final mediante el canto improvisado). Y es entonces cuando los vínculos se establecen, comparando el vestido rojo de Ella Peterson con el de Louise en Haut bas fragile (Jacques Rivette, 1995). Un secreto y un escenario, la mezcla deseada contraponiendo artificio y materia. ¿Cuál es el recorrido que deberemos transitar para conseguir el tan ansiado equilibrio? El que recuerda los pequeños detalles: la flor en la vasija, la torpeza del aspirante a actor y del dentista, el bullicio nunca controlado por un plano nada temeroso a desbordarse de cuerpos, la confusión temporal, la delimitación entre el primer y segundo término del encuadre (The Midas Touch es la representación que transmuta todos los complots anteriores). En la cima de la pirámide, el placer por el desplazamiento de una actriz que siente, en un intervalo muy corto de tiempo, la eventualidad de un vuelco en su vida. Allí reside el motín, del cuerpo contra el espacio, de las extremidades desafiando los bordes del reino artificial del set, de Minnelli contra la máquina y del espectador antagonizando el confinamiento del ojo a los siempre inamovibles y exorbitantes vértices del rectángulo del Cinemascope.

Bells are Ringing

LA DIANA Y EL FETICHE

Once Upon a Time… in Hollywood (Quentin Tarantino, 2019)

Tres años antes de tiempo, cerniéndose sobre Sharon Tate, Jay Sebring, Abigail Folger y Wojciech Frykowski, la melodía que acompañaba a Ava Gardner en The Life and Times of Judge Roy Bean (John Huston, 1972). El tren viene a arrasar la soga. Nos faltan los espectros, a cambio tenemos el imaginario. Un quinto integrante del primer y postrero festejo, Rick Dalton, cruza el umbral segundos previos a que lleguen los últimos fotogramas del plano. Del río Pecos a 10050 Cielo Drive, un ligero trasvase de formas, mismo punto de quiebra. Antes de la colisión y justo después del primer paso, es ahí donde se ubica el cine de Quentin Tarantino. ¿Qué filmar entonces? El movimiento de los cuerpos antes de que todo choque, se transmute o desvanezca. Noble intento, difícil diana. En medio de la jugada, siempre quedará algo que ver u oír mientras el dardo vuele hacia su destino. Tránsito de flechas, escaparate iconográfico del trasiego. Los ojos quieren ver más allá de la inscripción, traspasar la alienación a la que los aboca el museo: deberemos confiar entonces en la velocidad, en el tránsito, de la mano al blanco, del pulso al viento, del objetivo al gesto. Cuestión, por lo tanto, de reanimación. La última frontera, la palabra hecha imagen, el gesto hecho palabra. Un pulgar apunta hacia arriba, unos labios simulan fingida decepción (Pussycat), matices del movimiento, instantes del tránsito. Durante el desplazamiento de los cuerpos hacia la topada, la partida estará sin remedio unida a la tensión, y es ahí donde nos lo jugamos todo, pues en ese intervalo algo puede trastocar el avance, un fotograma podrá cambiar la dirección del viento: de Cielo Drive a la caravana en el drive-in cinema, del umbral de Spahn Ranch a la casa del dueño que delimita su frontera, de la acera al tejado, del backstage al escenario. ¿Cómo filmar entonces? Llenando de obstáculos el trayecto, rompiendo los cristales del mostrador, permitiendo que la flecha viva por y para el vuelo. De ahí surgen todos los automóviles nerviosos, captados circulando por el imaginario reconstruido.
          Una condición: para llegar al blanco, hace falta disfrazarse, interpretar, ser otro. Agrupación de simulaciones con diferentes fines, ya sean esconder un pasado, triunfar en el escenario, amenazar en los prolegómenos de una lucha, tantear en una seducción, ocultar un cuerpo. Nada más que el arte de hacer pasar una cosa por la otra, de hacernos creer en el insecto sin que por ello la larva deje de ser visible. Huevo, larva, pupa e imago. Esta es la regla, y no sería tal si no tuviese una excepción: Sharon Tate. Aquí solo hay un fingimiento, el de la actriz para con su personaje. Tensión entre el fetiche, el espectro y la mirada que la acompaña en y detrás del objetivo. Ninguna queja, pues hacen falta dos ojos para liberarla de la no-deseada representación, una mirada alterna que confronte con pasión hasta el más banal tótem. En contra de la coyuntura ideológica, la erotomanía más descarnada, la vuelta hacia lo microscópico. El detalle intimando con la línea, el párrafo y la hoja, exentos de academicismo a costa de superponerse pertinaces con la imagen, haciendo visibles los andamiajes, recreándose en la construcción. Otra vez, la tentativa es imponente, pero por el camino intuiremos algunos vínculos olvidados: entre la página y la escena, entre el aparato que se mueve y los ojos que retroceden tres líneas.

Once Upon a Time… in Hollywood

Dedico esta crítica a Fran Benavente. De alguna manera, la lectura de su libro El héroe trágico en el western ha inspirado el primer párrafo del presente texto

REACCIONARIOS ESTÉTICOS

The Last Days of Disco (Whit Stillman, 1998)

The Last Days of Disco Whit Stillman 1

You know the Woodstock generation of the 1960s that were so full of themselves and conceited? None of those people could dance

Charlotte

1. LA CAÍDA DE LA GRACIA

La historia del cine ha estado presa de la nostalgia desde la aparición del sonoro. Una falsa memoria que tiende a engrandecer lo que fue y será puro presente encapsulado en fotogramas seguidos de negros, ocultados a nuestra visión por la persistencia retiniana ─placentero error del mal documentado─ que nos engaña y hace partícipes de la que según Jean-Luc Godard es la estafa más bella del mundo. La nostalgia, como el cine, es también una estafa, reservada a turistas de las pantallas demasiado necesitados de aferrarse a iconos que para el resto de cinéfilos no son más que cuerpos relacionándose con objetos, carne y huesos conservados en celuloide durante décadas para el disfrute necrófilo del espectador del futuro. El nostálgico se empeña en elevar el cuerpo a cuerpo glorioso, aislando momentos e imágenes en postales amarillentas que para nadie salvo él conservan ningún misterio. La nostalgia se encuentra en el lado opuesto de la melancolía, y no tiene que ver con la experiencia de la sala oscura, ni con el perpetuo presente, actualizado y desgajado por el movimiento constante, encapsulado en un tiempo inagotable que contemplamos en el retrovisor de un vehículo abocado a un viaje sin paradas. Los géneros no vienen con el cine, son solo consortes de las imágenes ─obsequiosos o peluseros según la cita─ que, sin embargo, predeterminan hasta un trazo, y ya. Meramente estaban ahí, y sus continuas mutaciones y ensamblajes con la imagen translucen elementos coyunturales dentro de un conjunto que se abre en múltiples direcciones. El género, como la nostalgia, no representa al cine, le queda una relación con él. Relación de amantes empeñados en reencontrarse a pesar de cuantiosos encontronazos desventurados.
          The Last Days of Disco presenta su escena final en el interior y exterior de un vagón de metro, culminando el último plano con el vehículo captado desde fuera adentrándose en la oscuridad de un túnel; terminará acoplándose a la tenebrosidad de los créditos finales, pero antes restan unas cuantas luces que sortear, previas al apagón definitivo para nuestra mirada. Dos personajes, empero, deciden afrontar este trayecto bailando. Josh y Alice se cortejan al albur de la vibración de sus cuerpos, el azul de la camisa contra el rojo del vestido, y el arrastre de las complexiones es prolongado por los pasajeros del vagón, que tras un fundido a negro se exhibe ausente de los dos personajes que antes se hallaban en el primer término del plano. La celebración ultima extendiéndose a los viajeros inminentes que esperan el próximo metro. En el año 1998, incluso una película medio plañidera hacia un tiempo perdido, poblada de yuppies (young upwardly-mobile professionals), decide optar por la presteza en contra de la estasis, mantener la materia viva que puebla el celuloide de los fotogramas en sempiterna celeridad, franqueando cancelas, desentrañando los secretos que esconden los umbrales de una gran discoteca que es a su vez un laberinto de salas adjuntas y trastiendas o sótanos. Los resquicios del relato policial se encuentran en el underground del recinto, dinero manchado, droga escondida, negocios sucios que no son sino excrecencias de los triángulos y parejas que poco a poco la película va reestructurando. Descenso vitalicio, dulce declinación.
          Una de las cuestiones con las que se encara el cine actual a la hora de plantearse modelos de producción en función de nuevos proyectos es aquella surgida al tener que enfrentarse a unos ciertos paradigmas sin que estos se conviertan en mero decoro, lámina de anatomía, ilustración naftalinesca intentando rememorar esencias de otra época. Podemos intuir los dos polos del espectro que resultarían desafortunados en la práctica de un cineasta, digamos, deseoso de evitar algunos lugares comunes. A tiempo de reavivar, en este caso, la gran comedia americana, si nos ceñimos muy de cerca a esa premisa, terminaremos abaratándonos en copia pálida, fantasma académico de un pasado glorioso que intentaremos replicar con el respeto que nos imparte ser miembros no oficiales de un clan nada oficial. O, al contrario, está la opción de exacerbar los paradigmas, exaltar el barroquismo de las esencias, y así ir a parar al fastidioso manierismo matusalén de las formas, la hipérbole como respuesta maníaca a un mundo que nos ha dejado colgados. La nostalgia por el relato perdido es una cuestión mercantil, y quizá sería más pertinente referirnos a mito e historia. Incluso dentro del ámbito tan acotado de lo que entendemos por relato, cabría comenzar a cuestionarse su dependencia de la máquina-cine ya que, en su esencia, las imágenes prefiguran los relatos y no al revés (el deseo de Raoul Ruiz). De callejeo por estos dos filos de la navaja discurre una gran parte del cine contemporáneo, empeñado en permanecer fútil estampa, intento de acercamiento a un pasado glorioso que el cineasta despistado intenta imitar. Aherrojar el ayer de manera consciente es lo último que harían esos que hoy consideramos “cineastas clásicos”. Se antoja necesario, a la inversa, tensar la relación con el relato, no tratarlo como mero antagonista con el objetivo de ir a la contra, sino entender que cada año, década o siglo renueva sus propios signos, actualiza sus señales, y es la tarea del cineasta elaborar imágenes donde en ellas lo resultante, tras pasar por la síntesis del montaje, es ya la realidad trastocada, dada la vuelta, el espejo de lo real, la realidad de su reflejo (Godard).
          Whit Stillman es un cineasta que trabaja dentro de lo que podríamos entender como “comedia”, ateniéndonos al espectro, en el sentido de conjunto y fantasma, de los géneros. Primera premisa: un grupo muta conforme transcurre el filme. Segunda premisa: el mentado grupo no puede durar, las ininterrumpidas conversiones sufridas en su ubre a lo largo de dispares temporadas tienen como singular destino la disgregración. Estos metrajes son deseos confidenciales. ¿En qué se fundamentan los citados afanes? En el anhelo de la cuadrilla, cohesión social, un mundo estructurado, donde los enlaces entre lo privado y lo público sean claros, un espacio donde el individuo entienda con limpidez su parcela dentro de la red de conexiones colectivas. Por suerte, este deseo no da lugar a un cine de la nostalgia por el tiempo perdido. La asunción de la caída de la gracia no se opone al movimiento ni al retrovisor.

2. EL PASAJE

Energías retomadas, figuras que siguen moviéndose con el viento amotinado, miradas hacia delante, desplazadas y recorridas por una tracción invisible a través de los travellings grupales en los que Stillman emigra a sus personajes de local en local (de la discoteca al pub, del pub al dormitorio, del dormitorio a la oficina). El pasado no anida como un fantasma aciago en los bordes del encuadre, pues los espacios son molestamente materiales, los personajes deben habitarlos como si fuese su presente, sin necesidad por parte del creador de la diégesis de hacerlos significar de inmediato: recordemos la ausencia de nuevas tecnologías en Damsels in Distress (Stillman, 2011). Desenfocar el fondo por sistema se antoja perezoso, mejor prestar atención a lo que contiene (ni mera decoración ni metáfora, mimamos la entonación personalizada). Un espacio, un personaje. Entender cuándo es necesario encuadrar a un trío y cuándo lo es hacer lo propio con una pareja. Contrapunto entre trío y pareja. Rehusar del primer plano si lo que nos interesa es la dinámica entre los tres y los dos. El academicismo no busca adecuación de formas, se contenta con la simplificación de moldes antiguos en busca del ansiado tema o semánticas caducas. Stillman, al respetar y hacer honor a la sintaxis sintética, retoma lo que otros cineastas llamados neoclásicos han olvidado, lo primario: saber filmar una puerta, como aquella que Tom cierra cuando Alice entra en su habitación con él, porque no hay nada más que ver, solo unos fotogramas del pasillo a oscuras. El secreto reside detrás de esa puerta, como en el cine de Lubitsch.
          Violet, en Damsels in Distress, expresaba un amor sincero por los clichés y dichos trillados. Uno se preguntará el motivo: Because they’re largely true. The hundreds, perhaps thousands, of such clichés and hackneyed expressions that our language has bequeathed us are a stunning treasure trove of human insight and knowledge. Vamos a tomar uno de esos tópicos y devolverle un poquito de dignidad. Habitar un género supone lidiar con sus ambientes, y la gran comedia clásica ha sido un troquel que ha consistido en personajes abriendo y cerrando puertas (tópico certero). Basta pensar en la extrema simplicidad con la que Chaplin filmó A Countess from Hong Kong (1967). Quedan unos seres con necesidad de seguir traspasando umbrales, perdiendo y ganando clandestinidades a medida que los pasos se acrecientan. ¿Con qué guisa lo añejo no se convierte en molde mortuorio? Dejando unos cuantos fotogramas de más entre palabra y mirada, conteniendo un gesto revelador en el núcleo de una frase. Desbordando la cansina taxonomía temática, preferimos centrarnos ahora en encuadres que emergen y desaparecen.
          La marcha incesante unida a la materialidad de lo filmado ocasiona que pocas cosas en el cine de Stillman se conviertan en inútil metáfora o símbolo banal listo para dictar sentencia sobre una época o generación. Otorgar razones a lo que habita el primer y segundo término del plano, acondicionar el choque, la contradicción, complemento o discanto. El pasaje ocasiona la creación de un tiempo concreto que se extiende, la madrugada que se precipita cuando los personajes son expulsados del club y pasan las horas tardías en un bar llamado Rex’s. Desde las dos velas que Charlotte enciende hasta que Alice finge quedarse dormida, herida y triste por el rechazo de Tom, que se había dejado engañar por la máscara que su pretendiente había adoptado para parecer más atrevida y descarada de lo que en realidad era. ¿Y si los scénarios no fuesen más que máscaras con las que los personajes, más que pretender ser algo que no son, empiezan a ser justo después de colocarse el disfraz? Ser y parecer se confunden, terminan siendo la misma entidad.
          ¿Qué es lo que reside detrás de las caperuzas? ¿Qué se esconde bajo las posturas? No es de nuestra incumbencia conocer la génesis de las verdaderas motivaciones o pretextos de Alice, Tom, Charlotte o Jimmy. Nos basta con saber que los tienen, aunque vayan mutando o su integridad se resienta por momentos. No se trata de emular una antigua formación, sino de inventar nuevas candilejas, mantener la cadencia atareada. Por eso los personajes de esta película no dejan de agitarse, suben y bajan escaleras, atraviesan soportales, viajan en taxi, abandonan el país, usan el metro, horadan una discoteca-gran salón social. Son prontitudes que convocan emociones, articulándose estas dentro de una misma escena, matizadas por una melodía entrante o saliente, por un gesto de más o de menos (Alice negando y luego afirmando que Josh no es un perfecto demente, o su sonrisa pícara dirigida hacia Charlotte la primera vez que consiguen entrar al club, antes de que los dos personajes salgan del plano y se inmiscuyan en la fiesta). He ahí el drama y la tensión de la escena, una seña introducida en los últimos cuatro fotogramas del plano, que dejará una estela indeleble en el siguiente encuadre. Esa es la manera de continuar jugando a hacer comedias o filmar dramas: cambiar las velocidades, intentar que los objetos se renueven, incluso aunque sean lámparas, libretas o máquinas fotocopiadoras pertenecientes a los primeros años 80. Visajes, siluetas y aureolas retroceden o avanzan diez fotogramas.
          Stillman enmarca su película y, por extensión, su obra, en un recorrido rampa abajo. No se podrá bailar con el mismo garbo cuando la moda de la música disco dé paso a nuevas sensaciones. Las máscaras sufren y se caen por su propio peso, se rasgan los contornos del antifaz. Introducidas las grietas que hacen explotar el cuadrilátero, Amazing Grace acompaña la caminata avergonzada de Alice hasta la farmacia. El objetivo: tratar una enfermedad venérea. El otoño da paso a la primavera, el éxtasis liquida cómputos reformándose en asunción de responsabilidades, recepción de golpes, los excedentes del relato policial acaban por manchar el destino de algunos personajes.
          Pero cuidado, no perdamos de vista la idiosincrasia de estos tránsitos, actos descoyuntados en escenarios adjuntos. Los alrededores de la discoteca son tan irreales y artificiales como los de un musical de Vincente Minnelli rodado en Cinemascope. Retomamos la artificialidad del cine clásico sin intentar volver a ella de bruces (anti-retro). El control del universo se antoja imposible, la réplica de sensibilidades pretéritas terminaría tornándose forzada. ¿Qué hacemos entonces? Permanecer en la escena, como Howard Hawks en la última parte de su carrera. Pensar en el momento y no tanto en las briznas que unen los instantes, ocuparse del segundo y no de la infinitud, trascender lo justo, ser un poco reaccionarios estéticos, como diría Alice. Si ser reaccionarios significa mantenernos fieles al corte, sustraer en vez de añadir, quedarnos quietos en vez de movernos con el aparato o recuperar la elegancia de los movimientos, entonces no nos debería avergonzar que nos cuelguen esa etiqueta. Mantener la continuidad de una tradición dentro de la historia del cine no atesora correspondencia con replicar una realidad supuestamente “desfasada”, pues no existe desfase en el viaje perpetuo de la semblanza, y el pasado contamina sin clemencia al presente, dejando huellas, ecos en el viento, piedra tallada, figuras vigilantes (To the valiant seamen who perished in the Maine, by fate unwarned, in death unafraid). Guardas de la umbría, calles llenas de bullicio, fauna nocturna (homosexuales, travestis, inmigrantes, afroamericanos…) que mira con recelo a los habitantes de la pompa (el décalage social que el declive enfatiza). Los personajes de Stillman retoman el gusto por el acto cotidiano (abrocharse unas playeras, el paseo matutino, la preparación de cenas apresuradas, la búsqueda de apartamento, los cafés esporádicos, los prolegómenos antes de irse a dormir…). Es en el pasaje de las imágenes y en el rastro que dejan, sin prolongar su estancia, donde encontramos nuestro refugio de la tormenta.

The Last Days of Disco Whit Stillman 2

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3. ANTIFACES SELECTOS

Entramos en el club, las máscaras se confunden, la agudeza se vigoriza, el tráfico acelera la zancada. Ajetreo social tomado como juego, pasatiempo de yuppies orgullosos de serlo, discordantes y con tendencia a autoexplicarse. ¿Qué es lo que sus largos monólogos desarrollan? Charlas sobre fábulas de Esopo o disquisiciones alrededor de Lady and the Tramp (Clyde Geronimi, Hamilton Luske, Wilfred Jackson, 1955). En definitiva, rodeos constantes, persistentes digresiones alrededor de un anecdotario inagotable que constituye una fuente fulgurante de relatos tomando forma merced a la palabra oral. Palabras que traicionan, mienten, ocultan, ocasionalmente revelan y con frecuencia ironizan sobre el mundo y los sujetos. Personajes un poco más ingeniosos de lo normal, habitantes de la sala de espejos cinematográfica reflejante del laberinto transmutado en after hours. Cuando la historia de los géneros pasaba por el esplendor del primer clasicismo estadounidense, antes de 1934 (aplicación del Código Hays), la mutabilidad de los filmes y de sus formas-temas era tajante, la alegría por cambiar de disfraz y derivar una apariencia en cinco atuendos diferentes tiñó una enorme cantidad de películas, antes de las maniobras termita para evadir lo prohibido. Stillman retorna a esos primeros años 30 desde el propio cuerpo del filme, una cámara que va desnudando máscaras como capas sin ningún propósito de traspasar lo que esos organismos esconden, sin presunción alguna de convertir al aparato en el instrumento de un pornógrafo que registra los perfiles aplanándolos. Los personajes que habitan ese mundo espejado no son exactamente reales, ni se pretende que sus comportamientos emulen una suerte de mal entendido naturalismo. Por el contrario, filmar supone una doble operación: vestir y desnudar a la vez algo que es justo una imagen. Tan eminentes son los labios llenos de verborrea como los ojos que escuchan atentos, emitiendo reacciones de sorpresa, incredulidad, asombro o estremecimiento (difuminar las reacciones, hacer que estas resulten indiscernibles está en la base del cine). The Last Days of Disco dirige sus planos e intervalos hacia el punto en el que el corte punza sobre lo anteriormente dicho, hacia el fotograma exacto donde el gesto empieza a mudar en travieso y juguetear con el mundo que visiona.
          Maniatado por las expectativas previas ante el visionado de un filme posterior a 1960, lo que el espectador más acomodado espera es reafirmar sus paradigmas, encapsular y codificar sus analogías narrativas (otra de las condenas de la crítica/teoría de cine) para luego someterse al ejercicio de un reconocimiento. Exigua sorpresa reside en esa estructura encadenada al bucle, temas condenados a repetirse porque se cree que guardan algo de una primigenia original. Esto tiene escasa relación con la historia del cine, el devenir de las imágenes y las incalculables posibilidades que estas ofrecen cuando somos capaces de medir las proporciones del espejo, lente de la cámara, backstage deformante, prestidigitadora aventajada.
          Más allá de los cuerpos y las extensiones que habitan, se cierne la terra incognita que sobrepasa los límites de lo social, las vestimentas cambiantes y las máscaras de la noche. Cuando decidimos acotar lo filmable, desistir de querer registrarlo todo, más nos acercamos a ese ideal antiguo de mundo concreto transmutado, pequeños focos en los que la cosa-cine deposita su atención por unas pocas horas. La comedia clásica tenía por función mezclar lo privado y lo público, entrelazarlos de tal manera que viésemos qué tenía de público lo privado y de privado lo público. Hacernos entender que, indistintamente de en qué ámbito nos moviésemos, siempre terminaríamos por disfrazarnos, por dejar, consciente e inconscientemente, que las dimensiones sociales fuesen las regidoras de nuestros comportamientos. El género cómico se ha divertido sin sosiego jugueteando con los límites de los recintos, introduciendo un disfraz inadecuado para un espacio que requería otro ropaje, permitiéndose trastocar la perfecta organización de un perímetro depositando un personaje-dinamita que ponía en evidencia los frágiles relieves que adoptamos simplemente para seguir viviendo. Hay algo de sutil gracia en estos disfraces, y lo que la comedia ha logrado trascender, al menos en sus mejores manifestaciones, ha sido la necesidad de exclusivamente exponer y humillar el antifaz. Lejos estas bajezas de las operaciones efectuadas por Richard Quine, Lubitsch, Hawks, McCarey y, por extensión, Stillman: se trata de hacer ver que debajo del disfraz reside un rostro que se nos escapa y no logramos aprehender, pero que el arte de ponerse cinco máscaras sobre la cara también tiene algo que merece la pena elogiar, una cierta minuciosidad en la infravalorada práctica del ingenio, la evasión, el desvío, el truco. Screwball comedy, perfeccionamiento moral. Aprender a desmantelar la triste rutina de los espacios concatenados de nuestro día a día a través de la línea que cuestiona, del gag que tensa y de la velocidad de unos labios que hablan sin vomitar, más bien danzan con las bocas.
          Debajo de los disfraces de The Wizard of Oz (Victor Fleming, 1939) se esconde la yuppie scum. Dorothy Gale y el Hombre de Hojalata bailan en el club y luego en Rex’s, después de ser expulsados tras el descubrimiento del infiltrado Jimmy. Yuppies ataviados à la retro con un doble objetivo: esconderse (en el caso de Jimmy) y hacer más jovial la fiesta (personajes restantes). Homosexualidad pretendida, trastornos depresivos reprimidos, infecciones contraídas en la primera aventura sexual, pretéritas habladurías malintencionadas. Recommend: very kind decline. Cuando la mayor parte de los secretos que van dando cuerpo a la película se revelen y salgan a la luz, el grupo pasará a adquirir su formación final. Pensemos en las películas de Hawks y en su negativa a introducir primeros planos sin motivo: se pueden contar no más de cinco en Rio Bravo (1959). Los grandes directores de comedias han entendido que de poco sirve filmar la cara si la ocasión pide que veamos los brazos y parte del cuerpo (el famoso plano americano). Su trabajo era circunvalar torsos y captar las leves variaciones que sus andares denotaban en espacios delimitados socialmente. De hechura similar, en el transcurso de un travelling se pueden prefigurar cuatro destinos (los de Des, Charlotte, Alice y Josh). Dos se quedan arriba y otros dos se dirigen hacia el metro. Pero los cuatro continúan desplazándose, incapaces de no evolucionar, de quedarse quietos. Multiplicación de las apariencias, vestidos, trajes, pijamas, zapatos, tacones, corbatas, cigarros, alcohol (Pernod, Vodka-Tonic)… Caretas con las que exponerse al otro y hablar más libre ante los demás.

4. DISCO WILL NEVER BE OVER

Sentí repudio, casi asco, por esa gente y su incansable actividad repetida. Aparecieron muchas veces, arriba, en los bordes. Estar en una isla habitada por fantasmas artificiales era la más insoportable de las pesadillas; estar enamorado de una de esas imágenes era peor que estar enamorado de un fantasma (tal vez siempre hemos querido que la persona amada tenga una existencia de fantasma).

La invención de Morel, Bioy Casares

Una bola de discoteca refleja en centenares de espejos un club perdido en el tiempo, suspendido en el perpetuo presente que contemplamos por un retrovisor que funciona a modo de grabación congelada, reactualizada con el movimiento. En esos espejos provenientes de la bola colgando podemos ver el pasado, presente y futuro. Pasa el rato, gira la bola, vamos perdiendo la noción del tiempo y los tres momentos (antes, durante y después) se van haciendo indiscernibles. Es el baile el que los ha confundido, la tracción de los cuerpos que luchan por liberarse del espacio-tiempo, trascender la materia, alcanzar el punto de fuga, elevarse por encima de su clase. Bailotear es desafiar al mundo y, al mismo tiempo, ser uno mismo con el barro y los meteoros; fundirse con el escenario, desaparecer por detrás de la cortina. Danzar es ahuyentar al fantasma, matarlo de espanto. El cine contemporáneo se ha empeñado en resucitar mediante cirugía estética venida a menos esos espectros artificiales. A cambio, se ha encontrado sumergido en una pesadilla-bucle, la del reflejo demasiado enamorado de una imagen. Fotogramas capturados en una isla, invenciones de Morel, cristales partidos, vidrios rotos. Cuanto más se empeña el cinematógrafo en rememorar reflejos pretéritos, más débil se vuelve, más pálidos se tornan sus cristales. No nos hemos dado cuenta de que la bola siempre ha estado ahí, que no es necesario reconquistar sus reflejos, ya que los tenemos delante, a centímetros de distancia. La historia del cine no admite divisiones ni taxonomías caprichosas, pues forma parte de un movimiento transmutado que se ve de un solo vistazo. Relatarla implica otear el pormenor prodigioso, escala rumbosa de gallardía.

5. CONFIDENCIA PARA REMATAR

The Last Days of Disco es la película extraviada de mi mocedad, el espejo en el que ahora me miro y avisto las oportunidades intransitadas de los días consumidos. Dentro de este filme, Alice en particular capta mi atención. Se establecen una serie de emparejamientos: mi mirada y la del personaje, los luceros de este y el ojo del cineasta, el intérprete con el mundo que la cámara registra. Juego de espejos que decide no reflejar lo absoluto. Cada participante entiende que la naturaleza de lo retornado por la luna es transparente y opaca al mismo tiempo. Stillman no ambiciona desnudar a Alice cada vez que su cámara la filma, sino camuflarla, para que nos mire, para que nos incite a seguir jugando, para que nos susurre noli me tangere. La mirada de Alice es la de un desafío. La imagen del espejo no es la de la realidad, y los cuerpos que este nos devuelve están despojados de psicología, pasado y futuro, vínculos familiares… ¿Qué les queda? El presente que ellos mismos habitaron cuando el espejo los reflejaba y que nosotros actualizamos al unirnos a la sala circular de reflejos. En esa sala comienza la partida, entre el cineasta, Alice y nosotros. El juego del ojo. La música disco, la comedia y Alice no son fantasmas. Convendremos en designarlos algunos de nuestros pillos reflejos.

The Last Days of Disco Whit Stillman 4

A Serge Daney

NOT FADE AWAY

[1ª PARTE] PASAJE DE KYBER
[2ª PARTE] LA GRAN CURVA
[3ª PARTE] NOT FADE AWAY

Out of the Blue (Dennis Hopper, 1980)

La libre circulación de la pista de audio, acordes, ruidos, gritos, melodías, denota en unos cuantos amados filmes la presencia periférica de una energía que rara vez llega a concretarse en superposición unívoca de imagen y sonido, tendiendo por desacoplar engranajes que solemos ver unidos, desplazando nuestra atención, ojos, oídos, hacia los aledaños del encuadre: el segundo término, lo dejado fuera, el personaje cuya aparición incierta nos hace dudar de la importancia venidera de su rol. Estas corrientes sacuden el metraje de Out of the Blue, y los vaivenes de Cebe, heroína letal de un submundo del que cree formar parte, no la convierten en mártir ni santa. Nos hacemos el retrato robot: educación deshilachada, Johnny Rotten, disco sucks… lo gozoso no es constatar las rabiosas desafinaciones del principio de la década, sino latir el sentimiento, juntando las palmas y las suelas de los zapatos, acompañando los compases convulsos que recorren, contradichos, bienaventurados, dubitativos, vomitados, el espíritu de una joven (y no de la juventud) en un vaivén mortal, el de la vida dando vueltas mientras comenzamos a rociar la gasolina sobre el vehículo, antes de abrasarse. Se sufre de mareos, de fijaciones farragosas, concretadas en planos donde una conversación parece lidiar entre cavilaciones vagas, sentencias para sellar y destellos de confusa emoción. Ahí, entonces, encuentra Hopper, director, el choque ideal para mirar más de cerca, cortar la marea de discusiones memas, crueldad lastimera, y filmar en presente los gestos que conformaron una manera de hallarse en el mundo, las vueltas y revueltas, los labios pintados, vaqueros, el pitillo entre los dedos, el pulgar en la boca. La insistencia veteada de estas manías y hábitos no cachea las causas de suicidios a los 27, ni humaniza a la estrella proveyéndole cuerpo. Hopper rastrea la periferia, recoge a última hora un proyecto poco tentador, y se contenta con estar ahí, mientras se huelen aún las llantas quemadas.
          La experiencia se mueve entre los inevitables escarceos, intentos de escapada, y la aparentemente perenne refriega hogareña. Si nos sentimos fríos, como Don, Kathy y Cebe en un pícnic en medio de la arena, no nos invade el desasosiego de inmediato porque trotando llega el rostro reencuadrado, la pareja en plano medio, para encender en escasos segundos la posibilidad de un futuro imaginado, el presente cambiado de la noche a la mañana. Es aquí donde volvemos a la música, como reclinación, fuga y estratagema circundante, y pensamos en Melvin and Howard (1980), donde Jonathan Demme, amándola demasiado, se negaba a ofrecérnosla sin estar integrada en su entorno, al modo de Hopper con Neil Young o Elvis Presley, un elemento del ritmo insertado en el drama y la cotidianidad. Mediante la inmersión en el tiempo del incendio, el espectador va pasando por una serie de escenas que lo absorben, recolocan, fijan, remueven, apartan: clubes, apartamentos, escuela, la amenaza del correccional, y cuando damos un paso adelante, más arrinconados se sienten los ánimos, más imperioso se antoja el deseo de imprimir en nuestro intervalo vital el gesto que hará callar los acordes, gritos, ruidos y melodías. Han pasado ya muchos años desde las dudas sobre el siguiente paso tras Never Mind the Bollocks, Here’s the Sex Pistols. ¿Qué hacer después de la explosión? Introducirnos en el negro. La película ha terminado.

Out of the Blue (Dennis Hopper, 1980)

EL REQUERIMIENTO DEL MUNDO

Housekeeping (Bill Forsyth, 1987)

«(Sociedad de consumo) ¡Ese intenso y vicioso placer de embelesarme largamente con la frente apoyada en el cristal de los escaparates de las ferreterías, soñándome comprador de tantas, tantas fascinantes cosas: herramientas, masillas, accesorios, herrajes, aparatos, pegamentos, que ese cliente fingido para el caso forzosamente necesitaría… hasta que al cabo me aparto despertando a la tal vez melancólica evidencia de que siendo el que creo que soy cuando no sueño no me hacen ni puta falta para nada!»

Pecios reunidos, Rafael Sánchez Ferlosio

Como buen pedigüeño del cine que soy, uno se acostumbra también a que le pidan. A cambio de dar, recibir, un esfuerzo más por ver; convertido en un sabueso, prevenido ante lo inédito de mis visionados escogidos sin apenas referencias, por olfato canino, afilo mis pezuñas dispuesto a cavar hondo (¿hacia qué hueso?), achino los ojos instintivamente buscando (¿pero qué presa?): en trueque bicondicional por mi concentración, demando pavlovianamente mi comida. Sangrante por favor, a la de ya si puede ser. Conozco de otros chuchos que pueden quedarse dormidos mientras los acarician, yo no, yo hociqueo el filme desde el borde de la butaca, del sofá, a veces de pie, en posición de ataque a cuatro patas. Sin embargo, un perruno día como cualquier otro, mi morro afilado y babeante, mi espalda de pelo tan escarpiado que duele, topetan con Housekeeping (1987), filme de un tal Bill Forsyth, director escocés, quien lejos de pretender corresponder mis ansias de agonismo amoroso, ladrador, me ofrece cariño, todo el cuenco, sin pedirme nada. Imaginaos mi cara. Y, en fin ¿qué replicar?, si ciertamente de Philip Marlowe solo tengo la sarna, el desorden y cinéfilamente vivo idealizando su planta.
          Así, Housekeeping comienza ofreciendo a la vista una llanura anubarrada (mal día para cazar); el viento húmedo, que anuncia lluvia, templa la percepción con una profundidad de campo sin igual. La voz en off femenina inicia narrando cómo su abuelo, de niño, después de pensar durante algún tiempo que el mundo era todo planicie, descubrió las montañas, y obsesionándose con ellas, persiguiéndolas hasta Fingerbone, las dibujó sin parar. En este lugar soñado al noroeste de EUA, seguramente cerca de Idaho, probablemente en el condado de Bonner, lindando la frontera del Canadá, el abuelo encontró la muerte: un accidente ferroviario ─devenido luego famoso aunque nadie lo presenció ocurrir─ hizo que el tren en que viajaba se precipitara por el puente que salva las dos orillas del gran lago congelado de Fingerbone, abriendo un gran boquete en el hielo. En el pueblo, hay gentes que dicen que la profundidad del lago es insondable, que el tren, con a bordo las doscientas almas de los pasajeros, estaría aún cayendo. A esta tragedia, sobre la que no se nos pide opinión, viene a sumarse otra sobre la que tampoco: años después, la hija del abuelo llevará a sus dos pequeñas de vuelta a Fingerbone, y dejándolas solas en casa de la abuela, se arrojará con el coche al mismo lago, matándose también. El tono de todo ello es inquietantemente quedo y sutilmente extraño, y desde el inicio avisados estamos de que la narración parte de los recuerdos reimaginados, infantiles, remedados de las chicas, Ruth y Lucille. Muerta la abuela, heredan, las cuidan sus tía-abuelas, hasta que llega para hacerse cargo de ellas su tía Sylvie. A partir de aquí, las piezas de la novela están lo suficientemente munidas, espesadas de atrás hacia delante, de delante hacia atrás, como para sospechar de proyecciones múltiples: Sylvie en la madre, la madre en Sylvie, la muerte del abuelo sobre las dos anteriores…
          Pero aquí viene lo más extrañante: una luz cómodamente densa y dispersa, un benigno anamorfismo merced una lente blanda, sostienen los planos muy cerca de nuestras condiciones perceptivas que diríamos normales, evolutivas ─deformantes según nuestra usual idea de la no-deformación─, de fuera del cine en jornada tranquila, enriquecidas eso sí por una naturaleza atacada a la mejor hora del día, con un balance de blancos frío, azulado, verde o amarillo ─cálido cuando debe serlo (mudan las estaciones del año)─, un principio de realidad ennoblecido que sirviendo de contrapeso a las tragedias propiamente humanas resulta exterior e independiente, beneficioso para el espíritu. Sylvie es una mujer rara, posee una sensibilidad medio inconsciente, e itinerantemente se entrega a estos placeres anómicos del mundo exterior: pasar la noche al raso, tomar prestada una barcaza agujereada, navegar por las aguas donde cadáveres familiares hundidos testifican convocando la amenaza, etc. Su idiosincrasia preocupa y atrae a las niñas, luego a las autoridades del pueblo (alcahuetas, sheriff, servicios sociales). Digamos que la casa se le viene encima. No sabe controlar la economía del hogar, la original, la más básica; lleva los bolsillos llenos de monedas pequeñas, caramelos pegajosos, papelujos y demás mierda. Duerme en los bancos, vagabundea, se ausenta. Mira los escaparates, contempla las aspiradoras en fila, y como un Sócrates o un Diógenes de leyenda paseando molestando por el mercado matutino, se sonríe meditando todo aquello que no necesita. El nitescente registro de la naturaleza, servido por Forsyth, la legitiman. Ruth, la narradora en off, va viéndose seducida por la personalidad de Sylvie, tutora que dispone poco y nada pide, mientras que Lucille acaba desconfiando de la ventura panteísta de faltar a clase guareciéndose en el bosque.
          Tras abrumarme el requerimiento del mundo exterior que inunda Housekeeping, retrocedí en la filmografía de Forsyth hasta Local Hero (1983), encontrando el mismo amor por el panorama, esta vez, en el álgido norte escocés. Sorprende constatar que Forsyth, en sendos filmes, trabajara con directores de fotografía distintos ─en Local Hero con Chris Menges, en Housekeeping con Michael Coulter─ consiguiendo similares afectos de incandescencia. Sorprenderá menos si nos atenemos a que gran parte de la producción de ambas corrió a cargo de David Puttnam, quien después del éxito de Local Hero en Escocia, otorgó a Forysth la confianza financiera necesaria como para que el cineasta, en su primer filme producido en Estados Unidos, impusiera y diera a conocer su visión. Existe una perseverancia, pero hay relaciones que se desarrollan, se invierten, varían; en mi opinión, se hacen más inteligentes, la inquietud se torna más interior e íntima. En dicho filme escocés, las oposiciones del paisaje al resto son de una índole elevada a lo macroeconómico: se opone la melancólica luz de playa, el proyecto del instituto oceanográfico, las estrellas, a la plataforma petrolífera y el jet supersónico. En Housekeeping, en cambio, el horizonte consensual del sistema mundo aldea Coca-Cola se establece casi como un límite tópico, y lo exterior a él, como lo nunca visto. Y aquí, lo nunca visto, es capaz de operar una perturbación económica primigenia, de base, comenzando por carcomer lo micro. No está de más recordarse un poco cada día que la etimología de la palabra “economía” procede de la sementera de reflexiones sobre las normas ─nomos─ que deben regir el hogar ─oikos─, aquellas que virtuosamente destinarían su supervivencia. El temperamento absorbido de Sylvie, después también el de Ruth, las hace inútiles para estos básicos menesteres tituladores del filme. Ahí fuera algo las requiere.
          Los periódicos, eventualmente forros para combatir frío, se amontonan, también las latas. Aparecen los gatos en casa, y me parece comprender un poco más la ronroneante operación del aparato consistente en retozar fijo contra el paisaje. En efecto, no estaba preparado para un filme de alma felina que pusiera en juego estrategias del todo opuestas a las grimosidades de Jacques Rivette, logrando sin embargo semejante zozobra; en efecto, el cine como errancia, como aparcamiento de las tecnologías domésticas que nos permitirían construirnos un plácido nicho, porque antes de caer en eso, de sucumbir en vida tal que así, mejor que prenda en fuego la jodiente casa, y entonces, con algo de peligro añadido, como verdaderos rateros, perseguidos, tal vez podamos explicarnos con ellas el difuso objeto por el cual nos fugamos a recorrer las vías hacia perdernos en la negra noche.

Housekeeping (Bill Forsyth, 1987)-1
Housekeeping (Bill Forsyth, 1987)-2

TRAYECTO INTERCONTINENTAL

Poética de los anónimos; por Jean-Claude Biette
Two Portraits (1982)
Universal Hotel (1986), Universal Citizen (1987)
El movimiento (2003)
Lowlands (2009)
Peter Thompson: Itinerario de ruta

Desde que Marie se ha ido, he perdido el ritmo alguna que otra vez, he tomado el hotel por estación, nervioso ante la conserjería he buscado mi billete o a la entrada del andén he preguntado al empleado el número de mi habitación, algo, llámesele casualidad, o lo que sea, me hizo recordar mi profesión y mi situación. Soy un payaso, de profesión designada oficialmente como “Cómico”, no afiliado a ninguna Iglesia, de veintisiete años de edad, y uno de mis números se titula: la partida y la llegada, una larga (casi demasiado) pantomima, en la cual el espectador acaba confundiendo la llegada con la partida; puesto que frecuentemente vuelvo a ensayar dicho número en el tren (consta de más de seiscientos mutis, cuya coreografía naturalmente debo tener presente), es evidente que de vez en cuando cedo a mi propia fantasía: entro precipitadamente en un hotel, busco con la vista el cuadro de salidas de trenes, lo descubro al fin, subo o bajo corriendo escaleras, para no perder mi tren, en tanto que no necesito más que subir a mi habitación y ensayar mi número.

Opiniones de un payaso, Heinrich Böll

LA FORTALEZA Y LA CATEDRAL ─ Universal Hotel (Peter Thompson, 1986)

La conchabanza entre el campo y el fuera de campo nos es revelada al final del trayecto, pues una serie de imágenes siempre requerirá de un hueco para que la dureza del objetivo no la convierta en concupiscente con el ojo, mero bien de cambio donde el iris únicamente ejercería el rol de moneda. El espectador también precisará de vacíos, pero aplicados a su sensación de alarma, impaciencia, exasperación: oquedades en las prisas que el tránsito se encarga de proporcionar. He ahí el comienzo de nuestra historia y la puerta de entrada a la memoria del siglo pasado, la Piazza del Campo de Siena, mostrada sin ningún intertítulo informativo previo, hecha fragmentaria por los cortes que se alejan por completo del jump cut caprichoso. Cada cambio de plano supone una sutil alteración en el estado lumínico del momento, una variación del encuadre, pero también un desafío para nuestra mirada, ahora detective en busca de las mudanzas en el campo y de la nueva posición de la mujer, caminando hacia el otro extremo de la llanura, rodeada de habitantes que crecen en número, inciertamente predispuestos o quizá súbitamente filmados. En cualquier caso, los fotogramas aparecen como destellos, y la renovación del plano ayuda a mantener su estatus de huella, entre el sueño y el recuerdo, moviéndose en quietud, parándose en la circulación. Un motivo al que volveremos al finalizar el díptico, ya reconvertido en conspiración en la que participan el cineasta, su pareja y el espectador.
          Una maquinación puesta en marcha por el propio engranaje del filme se antoja completamente indivisible, y nos es complicado vislumbrar separaciones claras que aíslen la memoria de la Historia, la alucinación de la narcosis. Con el fin de estallar esta corriente de fuerzas que se ha puesto en marcha, es necesario viajar, disponerse a franquear un territorio de una Europa indócil a ser re-filmada, habitando un tren fantasma, jugando a ser hermeneutas, para terminar descubriendo que de la exégesis solo nos quedan los nombres en la piedra, imborrables por el paso del tiempo (Stradzinsky). Ver de frente no basta, igualmente vital se antoja ver a través; deberemos comprender que no todas las imágenes necesitan la ilusión del movimiento y, por lo tanto, en ciertos momentos del relato el negro estará destinado a alternarse con el fotograma fijo. Una serie de elementos se relevan con la no-imagen, como la reordenación de fotografías en blanco y negro, su ampliación que capta con claridad un detalle, la búsqueda del sentido a través del ritmo y los sonidos (disparos de la cámara entreverados con el agua en revulsión). Los fotogramas fijos adquieren la cualidad incierta de la duermevela al combinarse con el ajetreo tendente a la abstracción del que filma en vigilia: la Historia atravesada por el deslumbramiento evita la tenencia a perogrulladas para, en cambio, corte a corte, irnos acercando más a las intuiciones románticas del que vislumbra cómo todos los estigmas son, en mayor o menor medida, materiales, incluso los que provienen de las fases de la somnolencia. El relato se encuentra a medio camino de una fortaleza y una catedral, en un hotel que convendremos en llamar Universal, a la vez catre guatemalteco, sala de pruebas nazi situada en Dachau o zona yerma de nuestro encéfalo ─humildad al reconocer y fundir lo indisoluble de estos habitáculos─. Siglo XX, centuria de carriles crispados.

Universal Hotel (Peter Thompson, 1986)

EXTRANJERÍA: HOTEL

Todo comienza en estasis, pretendidamente dispuestos a tensionar la alienación que nos convierte en nómadas, abocados a las moradas fugaces, secuaces del viaje y la ronda, licenciados sin patentes a la extranjería perpetua. Necesitamos esconder nuestra identidad, desfigurar nuestra filiación en pos de la ansiada metamorfosis con un nuevo clima, ansiosos por arder de incógnitas en conversaciones que se revelarán como primigenias: dar un nombre y una procedencia, el comienzo de la estancia, la fuente de la transformación. Experiencias de asignación metódica nos enfrascan en una particular cabina (el asiento del ferrocarril, la habitación de un hotel, la butaca de la sala de cine). Para viajar es conveniente dar el visto bueno al arresto, limitar el movimiento de las extremidades, hacer sufrir al párpado, mediante un tortuoso sonambulismo o a través de un sueño inquieto, y disponerse al encuentro. Perenne e indisoluble se presenta el vínculo entre el éxodo y la espera; sin los debidos prolegómenos nuestro viaje por el mapa no sería más que una cadena de constataciones ─hace falta suspirar por la futura demarcación, ilusionarse con el continente, lubricar nuestro deseo con el boceto de un ulterior coloquio─. Despedimos, con el cimiento en estos queridos preámbulos, la dureza de los bloques, y damos la bienvenida a la elipsis, el parpadeo y la intermitencia. La cinefilia ha terminado comprendiendo que vive exclusivamente en un presente discontinuo, deudor del paso de la noche al día y ajeno a la petulante autodeterminación; únicamente nos mostraremos ufanos mientras cavilamos sobre lo que podrá ser o lo que ya ha sido. Entonces, seguimos parpadeando, esperando el desvelo del siguiente fotograma, aunque sepamos con claridad que esa ceguera temporal será briosa en el recuerdo y basta. En la dilación que precede a la salida del sol y prorroga la aparición de la luna, atrapados en una prisión acordada previamente, hallamos sosiego encontrando la incógnita en la discontinuidad, el hogar en lo foráneo.
          Anhelada intromisión en el mundo de los otros intentando ser algo más y menos que nosotros mismos, desaparecer, ilusionar(nos) con las efímeras prestidigitaciones (antifaz, embozo), disfraces para falsear las repelentes transacciones que escoltan al viaje o, como último remedio, lo convierten en musical. Sabemos cuáles son los rituales, y las réplicas corren el peligro de caer en la charla, pero aun así nos alienta la idea de que una comisura de labios plegándose sobre sí misma cambie el tono de un acento, despliegue un espacio de opacidad en la significación, capaz de volver a confirmar que el viaje no admite suplentes como catapulta a la vida paralela, o lo inane de trasladarse si la celeridad no va acompañada del deseo indirecto de relatar una historia diferente, quizá empezarla desde la primera línea. El vagabundeo del cinéfilo encuentra su natural acomodo en el hotel, siempre a medio camino de dos puntos, en contacto con una serie de figuras que mutan en su aparente irreversibilidad, pues no hay punto y final al juego de la Commedia dell’Arte que pone en circulación los engranajes de los receptáculos en donde sueña a ser tercero: ruedas, motores, pasillos, gas, butacas plegables, camas, toallas, pastillas de jabón, camarotes… Elementos que conforman los dominios en donde nos embaucamos con el sueño de los justos: un objetivo que lo registre todo mientras nosotros lo filmamos a él.

1022 ─ Morvern Callar (Lynne Ramsay, 2002)

El shock de la defunción premeditada nos empuja a la permuta por defecto, muy distante del arrebato lúdico o de las frívolas ilusiones. Pedir perdón a un cadáver se convierte en el primer paso para abandonarse y recorrer la distancia que separa un pueblo escocés de la costa de Ibiza. Por el camino, también nosotros deberemos aceptar una penitencia y pagar el precio del naturalismo sucio europeo de principios del siglo XXI, ahora ya tan demodé cuando lo visionamos a través del celuloide, en ocasiones quemado. Sin embargo, entramos en el confesionario con un evidente gozo por exponer las pecaminosas remembranzas de unos años donde lo indie no se había convertido aún en apática o desapegada manera de ver el mundo, y vivir enajenado todavía conservaba algo de perplejidad ante miradas deseosas de avistar por primera vez qué le ocurre a un cuerpo cuando se acostumbra a vivir entre marasmos; interrupciones del flujo que truecan la náusea por el embelesamiento con el sonido, temblores de emoción que no encandilan, más bien confirman la dificultad cada vez mayor de mudar de piel. De nada servirán los ingresos imprevistos ni el ridículo tanteo con forasteros en el nuevo país: al final del día siempre nos quedará la retícula de azoteas proporcionada por la terraza, confirmando que, por momentos, la existencia debe fundirse con lo camaleónico, ser invisible, caminar sin rumbo, hacer del sendero una inacabable glorieta. Del frío al calor, de la noche al día, ciclos que se reconstituyen para producir cataratas en nuestras miradas, ofuscando el desconcierto que tanto ambicionamos. No deberíamos desalentarnos, el dispositivo puede ofrecer breves centelleos de esperanza espiritual, como así lo atestigua la última espera, en soledad, a punto de amanecer sobre una estación de tren, de Morvern Callar, heredera de un milenio ya finiquitado sin más testamento que recuerdos rotos.
          Es imperioso realizar en este momento una precisión: no conviene hablar de saltos cuando lo que coexisten son agujeros. E incluso dentro de las cavidades se puede llegar a construir, ya que no nos interesa en absoluto la destrucción por desidia del que fragmenta con la intención de aligerar el tiempo o convertir en visual el movimiento, y sí nos atraen sobremanera aquellos espacios entre plano y plano, dentro de una misma escena, donde un bloque de vida transmutada se pierde en la pantalla pero comienza a erigirse en nuestra mente, con fotogramas extraviados, cortados por la moviola, cuyo destino es el apilamiento en la trastienda de los ojos. En las interrupciones invisibles del plano encontramos otro procedimiento mediante el cual se detiene momentáneamente la falsa transparencia omnisciente de la frontalidad fotográfica y, por consiguiente, logramos habitar, como espectros extenuantes por el empeño de ver la borradura, los intersticios entre el comienzo de un gesto y su consumación. Por eso entramos en la habitación 1022 y confrontamos nuestro cuerpo con el de un extraño (de luto o no), deseosos no tanto de alcanzar algún clímax, sino de interrumpir la pesantez de una cotidianidad que ni las vacaciones en el sur logran quebrantar; éxtasis momentáneo, continuamente entrecortado, sobrecargado de desenfoques y nerviosismo que rompe todos los ejes. Ahora que los hijos de papá han desactivado la insubordinación, vemos este arrobamiento ibicenco con melancólico desencanto.

Morvern Callar

EXTRANJERÍA: ENCUENTRO

Mientras esperamos disfrutando de nuestra intratable impaciencia, vamos cruzando las disyuntivas que emigran del café matutino al paseo nocturno. Por un lado, nos inmiscuimos en la vida privada de los otros, saltando mientras esquivamos anécdotas y chascarrillos, pues no es la cronología de los hechos lo que nos interesa, sino el mapa que constituyen las voces yuxtaponiéndose, las dicciones y su mezcolanza. Por el otro, intentamos profundizar en las zonas salvajes de la ciudad, aquellas vegetaciones agrestes que crecen en medio de esquinas donde los críos todavía enredan pasatiempos y las voces de los pilones se entrecruzan en una cacofonía ininteligible. En ambos flancos, no hacemos otra cosa que filmar con los ojos y aprehender con los oídos la veta encubierta de un mundo encadenado en ceremonias sofocantes. La recompensa final se presentará en forma de conexiones inéditas que, por un breve instante de tiempo, suturen la herida causada por los resortes, creen vínculos que no se habrían hecho entrever si fuésemos incapaces de sostener nuestros cuerpos excitándonos ante el anonimato, y del posterior encuentro que celebraremos en silencio mientras nos desbordamos a hablar quedarán solo recuerdos expuestos a través de las luces y sombras que una cámara venidera intentará escudriñar. El goce del cinéfilo está irrevocablemente unido a la reminiscencia de un ciclo por el que solo fue posible deambular tras un largo sondeo y que nunca recapitularía de no ser por su obsesión de mantener un rastro, quizá una huella, de la dicha. Estos pequeños deleites ajustan una identidad nueva, y convierten el encuentro en el límite de la cinefilia, del incógnito a la ciudadanía en imperecedera reinvención.
          ¿En qué consiste ese encuentro? En la infinidad de signos no codificables que conforman el intercambio de dos cuerpos que se cuentan y van hilando su propia historia, mediante el habla, un ademán o el canto; los ecos de estas alteraciones serán captados por la tierra, retransmitidos por el viento, uniéndose de forma natural a la tela que configura la capa incognoscible del universo. La genealogía no ayudará en estos menesteres, ni la bibliografía o la hemeroteca: habrá que recurrir, en última instancia, al sismógrafo y al espíritu. Sabremos entonces apreciar las vagas canciones de una chiquilla, la invitación al contacto corporal de un extraño o la proximidad de una boca que desea susurrarnos un lugar y un nombre ─creadores de mapas imaginarios, suplentes del enojoso guía turístico─. Nada más lejos de nuestra intención querer convertir la confluencia en asunto de místicos y gurús, unas simples reconstrucciones bastan: una nueva familia (dispar a la de sangre) y, tal vez, un pequeño continente, idóneo para abrazar las corrientes que se van creando a medida que las líneas de fuerza se aligeran y tuercen. De este modo, seremos capaces de abandonar el espacio intermedio entre los baluartes y comenzar a habitar un atlas configurado por el apilamiento de pistas indirectas, juntando Monterey, Guatemala, Ibiza y Siena en un mismo bloque mental; a base de insistir en el rastreo de sus carriles, habremos convertido la fantasía de lo mental en materia, la fábula en Historia. No nos libraremos tan fácilmente de los altos en la imagen, ni deberíamos sentir el ímpetu de llenar todos los espacios en blanco. Nuestra esperanza subsiste transversalmente en el otro lado.

LA HIJA DE NADIE ─ Universal Citizen (Peter Thompson, 1987)

1979 es el año en el que todos los recuerdos se enredan y los tiempos se aturden, la moviola, ejerciendo de tejedora, reúne la Historia con la fábula, la filmación de un viaje familiar a Guatemala con los gélidos recuerdos de Dachau. Conocemos al Ciudadano Universal y entendemos su origen de acertijo al que solo podremos filmar de lejos, sobre el mar, nadando como el sujeto de pruebas del doctor Sigmund Rascher, pero esta vez gozando del calor de los trópicos a los que juró, en tiempos pasados, exiliarse. De la misma manera, el caballo de piedra que los mayas tallaron para Hernán Cortés permanece bajo el océano, síntoma de un doble abandono, el de Tayasal y el del conquistador español, espejándose con el anillo de plata negra, herencia paterna, que al hijo se le escurre del dedo en el lago Peten Itza. La naturaleza entierra la materia y la zozobra de la pesadilla nazi se convierte, un año antes de tiempo, en plácida estancia en el Universal Hotel. Un transcurso de ocho primaveras en la vida de Peter y Mary, suturado por un paseo a ciegas hasta la fuente de la plaza sienesa, fragmentado por investigaciones que recorren Bruselas, Ámsterdam, París, Coblenza y Dachau. Coaliciones de tiempo en soberanía por hendiduras de negro, pues ni las vacaciones conservan la solidez del instante presente, imposible de aprisionar más allá de los rastros de polvo, los mismos que el marido-cineasta persigue, de vuelta a Mary y al Universal Hotel. Restos de entes frágiles pero no destruidos, devueltos a nosotros a través de las pequeñas triquiñuelas, trabazones de relatos (cigarros turcos o cubanos, grabadoras japonesas, discos armenios, proyectores de manivela que exhiben los dibujos animados del Correcaminos), hacen que empecemos a concebir la cronología como una suerte de correspondencias, a base de cartas y pequeños filmes ─la humildad del obrero anubla la excesiva claridad turística de los libros de historia─.
          En medio de los filmadores y de los que rechazan la cámara (el Ciudadano Universal, al menos en primer plano, y Raven, la prostituta de Haití), reside la alegría de María, la pequeña niña maya, hija de nadie, deseosa de que los padres traicioneros mueran de una vez por todas. Al fondo, y acompañando su canto nada inocente, la bandera de Guatemala; una respuesta desde Chicago de Vanessa, la hija adoptiva puertorriqueña del que filma y su pareja, sin sonido, pero igualmente afectuosa. Es irremediable apuntar el retorno del telegrama casi una década después con una nota pesarosa, pues ni el Señor Walter (propietario del ya mencionado hotel) ni María viven en el mismo territorio, y el parador ha sido pasto de las llamas. Todo termina, como vemos, presa de la geología, pero antes maltratado por la guerra, siempre vil, como recalca la nota, encapsulado en celuloide, no solo verificador de los restos y huesos bajo el pavimento, sino de los trazos de energía que acompañaron, durante los años de vida de alguien, una existencia: la alimentación de los loros Isabella y Don Fernando, los despertares de las siestas mediados por la voz de María, los primeros y últimos cafés, la filmada dando la vuelta a la cámara para capturar al filmador y los fotogramas fijos superpuestos, a través de un cristal mugriento, deteniendo a Mary, dos años antes de que camine con una ceguera voluntaria en aceras italianas, ataviada con gafas de sol, sonriendo y poseída ya por la ventura del recuerdo.

Universal Citizen (Peter Thompson, 1987)

BIBLIOGRAFÍA

Los filmes de Peter Thompson, en Vimeo

Chicago Media Works

FILMAR LOS CRISTALES

ESPECIAL ALBERT BROOKS

Lost in America (1985); por Dave Kehr
Lost in America (1985)
Defending Your Life (1991)

Lost in America (Albert Brooks, 1985)

Demasiado tiempo ya encontrados, seguros, firmes, satisfechos de nuestras certezas, en ocasiones asentadas sobre la duda y el rechazo, nada más que simulacros de una vida en falsa línea recta. De repente, Safford: un eje pierde el chaperón, dos miradas no encuentran el deseado punto de anclaje y nosotros, descendiendo sin correas hacia una imagen bruta, desnuda de señales, reímos. Muerte del punch line, derribo del ingenio cómico, decimos adiós a la satisfacción del chiste bien contado, únicamente nos quedan relaciones de clase. La bata contra el traje, al yuppie lo atraviesan Billy y Wyatt. El Mardi Gras es trastocado por un gesto que se introduce durante cinco fotogramas para revelar la náusea en mitad de la sonrisa, la desesperación contrapuesta con los tics que nuestro cuerpo es incapaz de no vomitar: el disfraz ha perdido toda su gracia, y los restos de las telas nos indican que ya no ha lugar a la bella decadencia. ¿Qué les queda a David y Linda? La inescapable dureza del paisaje, las estatuas humanas de roles fijos que nunca mutarán en pos de la caridad, los objetos en cuanto tales, el plano sin capas ni filtros, aojado por unos sentimientos incapaces de quedarse quietos, chocando, estampándose contra el cemento ajeno. Nos vuelve a sorprender que, ante toda la marabunta y el espanto, reaparezca la sonrisa, el absurdo, aun camuflado en antigags. Los cuerpos se hacen cómicos cuando siguen avanzando a pesar de todo.
          Orden, limpieza, mirada clara. Perderse con la vista y renunciar; podremos seguir filmando el oropel siempre y cuando no añadamos bricolaje sobre el plano. Claridad de movimientos matizada en manos que se levantan y agitan nerviosas, muecas que sospechamos no haber visto antes filmadas tan de cerca, extremidades que avanzan y retroceden por el encuadre en busca de nada salvo la tensión entre la oscilación y la quietud. Cerramos el encuadre porque es necesario contemplar la curva, lo abrimos porque conviene recordar que, fuera del drama y el patetismo, solo quedan intercambios colisionando con el paisaje, perfectamente localizables. El acuario y la nación. Albert Brooks sigue nadando pero los cristales comienzan a hacerse más claros. Es ese permanente rechazo a ceder en la representación el que nos confronta con lo subterráneo de la imagen y con aquello que las une de manera invisible, engranajes mentales que, con suerte, escaparán de los lastimosos hilos con los que configuramos nuestra mirada. Observar, entonces, se convierte en una operación estoica pero insistente. Estamos muy lejos de cinismos venidos a menos, pretendidamente transparentes pero exclusivamente recubiertos de barniz sui generis. Conviene mezclar todo para evitar el estatismo del ojo: los puntos de vista, las razones, las distancias, los motivos, las causas, las conclusiones. Una figura se repite, y no es otra que la discusión. Combates de género que nada deben al esquema y al diagrama, pues no existe orden en medio de la deriva, solo meceduras inexactas que intentan acoplarse de cualquier manera al entorno. De nuevo, no acicalamos nada, deseamos seguir mirando porque necesitamos fluctuar un poco más. ¿Qué nos queda a nosotros, espectadores? La pulcritud de unos movimientos que podemos dibujar con los ojos, de unos sentimientos que logramos trazar con el corazón, una verdadera road movie que avanza siempre para constatar la afasia del desplazamiento.

Lost in America - Alejandro

(15 DE MARZO, 1985); por Dave Kehr

ESPECIAL ALBERT BROOKS

Lost in America (1985); por Dave Kehr
Lost in America (1985)
Defending Your Life (1991)

Lost in America (Albert Brooks, 1985)
por Dave Kehr

en When Movies Mattered: Reviews from a Transformative Decade. Ed: The University of Chicago Press, 2011; págs. 95-99.

En la pequeña lista de cineastas americanos inventivos formalmente de hoy, Albert Brooks pertenece justo a la cima. Realmente no hay nadie más en el extremo hollywoodense del arte que esté realizando los mismos experimentos con la presentación visual y estructura narrativa, analizando las fórmulas populares con tanta inteligencia y agudeza, y que se haya propuesto a sí mismo el objetivo de crear un tipo de retórica cómica genuinamente nueva. De hecho, si Brooks pudiera acordar que Lost in America fuera doblada al alemán, encajaría fácilmente en una retrospectiva de los más formalmente agresivos trabajos de Jean-Marie Straub y Danièle Huillet ─es así de radical. Viendo Lost in America, recordé en más de una ocasión la última película de Straub-Huillet, una adaptación de Amerika de Kafka retitulada Klassenverhältnisse (debido a una disputa sobre los derechos, el filme todavía no ha sido estrenado en los Estados Unidos). No solo hay una afinidad de título y sujeto (ambas películas tratan sobre naifs desarraigados intentando abrirse camino a través de un paisaje ajeno), también una llamativa similitud en el diseño de las brutalmente despojadas imágenes y un gusto compartido por tomas largas imposiblemente prolongadas. Parece poco probable que Brooks haya visto una película de Straub-Huillet ─o una de Akerman, Bresson, o un filme de Godard. Sin embargo, trabajando por cuenta propia (y desde un muy diferente conjunto de premisas), Brooks ha llegado al mismo punto que los otros: es uno de los principales cineastas modernos.
          Ya que Brooks es un comediante ─y uno muy divertido─, jamás tendrá el mismo tipo de caché cultural que los inconfundiblemente «serios» Straub y Huillet. Pertenece a otra tradición, casi antiarte, aquella del cineasta cómico que, en la búsqueda de su visión particular, gradualmente deja a su audiencia atrás mientras que sus exploraciones obsesivas le van llevando a territorios cada vez más peligrosos. Las películas parecen producir un cómico obsesivo y genial cada 20 o 30 años: Buster Keaton en los 20, Frank Tashlin en los 50, Jacques Tati en los 60. En los 80, Brooks va muy bien encaminado para convertirse en esa especie de figura marginal y vital que ellos fueron en sus épocas: no atrae a las multitudes, o la aclamación, de un Woody Allen (de la misma manera que Keaton fue eclipsado por Chaplin), sin embargo, y porque todavía no ha sido coronado el portavoz cómico oficial de su generación, es libre para explorar temáticas más personales y oscuras de maneras más sofisticadas formalmente. Keaton necesitaba a Chaplin, del mismo modo que Brooks necesita a Allen: el cómico de consenso desvía la necesidad de la audiencia de identificación y consuelo, dejando al cómico marginal libre para seguir sus propias inclinaciones.
          La paradoja es que Brooks se ha identificado él mismo con su audiencia deseada de un modo más cercano que el de cualquier otro cómico en la historia del medio. Los grandes comediantes del pasado han sido todos excéntricos, de una u otra manera; Brooks, sin embargo, procura una normalidad perfecta, una falta de excepcionalidad sin costura, rastreando el progreso de la audiencia baby-boom y presentándose a sí mismo, en cada película sucesiva, como su imagen estadística exacta en el momento en el tiempo de cada obra. En Real Life (1979), era un idealista joven, comprometido en mejorar el mundo a través de sus esfuerzos creativos. En Modern Romance (1981), era un soltero en la gran ciudad, sintiendo la aproximación de la fecha tope del matrimonio pero incapaz de asumir el compromiso final que le propulsaría al mundo de sus padres. En Lost in America es, por supuesto, un yuppie: un exitoso director creativo en una gran agencia de publicidad mirando hacia el futuro con seguridad a un ascenso gordo y a un nuevo Mercedes. Su mujer, Julie Hagerty, es una directora de personal para unos grandes almacenes de primera línea; uniendo sus recursos, han conseguido comprar un hogar en Los Ángeles por 400.000 dólares. Cuando la película comienza, están preparados para mudarse: debajo de los títulos de crédito, la cámara serpentea alrededor de la casa a medianoche, inspeccionando las montañas de cajas empaquetadas esperando a los transportistas. Pero una luz está encendida en el dormitorio: angustiado por un vago pavor, Albert no puede dormir.
          La personalidad cómica de Brooks es descaradamente normal. Al contrario que otros cómicos, no se presenta a sí mismo como especialmente ingenioso, encantador o elegante; con la manera en la que expone su cobardía, ansiedad e insensibilidad, no debería ni ser demasiado simpático. (Y es un hombre grande, también, con la corpulencia y la mandíbula cuadrada de un jugador de fútbol ─nada podría estar más alejado de la simpática fragilidad del «hombrecillo» de Chaplin-Allen). Su forma de hablar está tan secamente carente de afectación, tan libre de ritmos cómicos incisivos, que cuando aparece por encargo en una comedia más tradicional (algo como Unfaithfully Yours de Howard Zeiff, por ejemplo), es casi invisible ─no parece hacer nada en absoluto cuando es puesto al lado de un mendigo de las risas como Dudley Moore. La aplastante normalidad de Brooks provoca que nos podamos identificar con él fácilmente, pero al mismo tiempo su normalidad nos aparta ─se parece demasiado a lo que nosotros tememos ser. Ayudado por los patrones de montaje distintivos de Brooks (se resiste tanto a los primeros planos como al montaje paralelo, las dos formas consagradas de establecer una identificación entre espectador y personaje), es este ritmo extraño de identificación y alienación, de atracción y repulsión, el que define las peculiares transacciones entre la pantalla y el espectador en una película de Albert Brooks. Nos encontramos a nosotros mismos simpatizando con las muy reconocibles (y siempre representadas de manera realista) ansiedades y frustraciones de Brooks, pero al mismo tiempo la frialdad y la distancia del estilo visual nos empujan hacia atrás, cara un punto de vista fuera de la situación. Hay una circulación constante entre identificación, alienación y objetividad, y es en esta circulación, en esta inestabilidad, en la que el humor de Brooks nace. El ver de repente objetivamente lo que hemos estado experimentando subjetivamente es abrir una brecha entre dos mundos igualmente válidos pero totalmente incompatibles: lo que parece de inmensa importancia en una esfera semeja trivial y vano en la otra, el coraje se convierte en temeridad, el idealismo se transforma en autoengaño. La brecha es enorme, y la comedia de Brooks salta desde ella.
          Como Keaton, Brooks es fundamentalmente un realista, un cineasta con un respeto profundo por el mundo físico. Es una estética que no debería confundirse con el naturalismo, esa preocupación tímida por la verosimilitud, continuidad y motivación: una parte importante del respeto al mundo real conlleva saber que no es siempre creíble, o incluso comprensible. La línea argumental de Lost in America es propulsada por improbabilidades. El esperado ascenso resulta ser un traslado a otro punto del país hacia una posición más sumisa, y Albert abandona el trabajo con ira. (La escena en la oficina del jefe, con los cambios maníacos de Brooks desde un servilismo sonriente a una espectacular indignación y vuelta a empezar, contiene una de las interpretaciones más impresionantes que he visto este año). Albert decide aprovecharse de la situación cobrando los ahorros familiares (unos 200000 dólares) e inspirado por Easy Rider se embarca en un viaje a través de América para «encontrarse a sí mismo». («Tenemos que tocar a los indios», le dice a Hagerty, poco antes de salir a la carretera en su nueva y reluciente caravana Winnebago mientras los acordes de «Born to Be Wild» de Steppenwolf atruenan en la banda sonora). La pareja llega hasta Las Vegas, donde Hagerty, finalmente autodestructiva tras años de forzada conformidad, gasta todos sus ahorros jugando a la ruleta durante toda una noche.
          La pérdida del dinero llega como una bomba atómica desde un cielo azul carente de nubes, y es particularmente asombrosa porque en las dos películas anteriores de Brooks las mujeres habían provisto el único elemento de racionalidad y estabilidad en la tambaleante existencia de Albert. El golpe es completamente arbitrario, pero Brooks es cuidadoso en seguir sus ramificaciones hasta el detalle emocional más diminuto, un proceso que convierte el truco de un guionista en algo ineludible y horriblemente real. Brooks no amplía ni falsifica los sentimientos de sus personajes: Albert debe moverse a través de una cadena complejamente representada de shock, ira, resentimiento y resignación antes de que pueda perdonar a su esposa, y Hagerty debe cruzar un terreno similarmente auténtico antes de que pueda perdonar a su marido por falta de compasión y comprensión. Brooks es capaz de retratar matices psicológicos que van mucho más allá del rango de la mayoría de dramas contemporáneos de Hollywood; su precisión en la observación parece mucho más llamativa en una comedia, donde la profundidad de caracterización ha sido largamente considerada fuera de lugar.
          Brooks representa los sentimientos de sus personajes con una extraordinaria precisión y claridad: cada fugaz emoción es claramente presentada e inmediatamente legible. Esta misma claridad se extiende a su representación de la gente, objetos y paisajes: Brooks purga cualquier rastro de esteticismo o comentario editorial de sus encuadres, dejando al objeto permanecer por sí mismo, como algo afilado, duro y absolutamente inmediato. (A este respecto, va directamente a contracorriente de cineastas tan de moda como De Palma o Coppola, que llenan sus imágenes con tantas connotaciones de tal manera que los objetos pierden toda su integridad, convirtiéndose en metáforas tenues). Las tomas largas de Brooks refuerzan este sentimiento de solidez: resistiendo la tentación de cortar (para reforzar un ritmo, hacer más incisiva una broma, o simplemente variar el campo visual), Brooks da a sus actores y escenarios el tiempo que necesitan para existir en la pantalla, para ocupar un lugar en la película con un peso que va más allá de las inmediatas necesidades del guión.
          Es este sentido adicional de peso, de solidez, el que hace de Brooks un cineasta moderno. Él no se contenta con simplemente inventar gags y luego salir corriendo con el fin de crear mágicamente un escenario que los pueda contener. El humor emerge del escenario, de la fisicalidad del lugar y de los actores que lo habitan. Este es el mismo cambio en énfasis que Rossellini instituyó cuando inventó el cine moderno con Viaggio in Italia; el cineasta ya no busca escenificar una «verdad» preguionizada, sino encontrar la verdad de la situación mientras emerge de la interacción de estos particulares intérpretes en este espacio concreto. Para Rossellini, era por encima de todo una estética del drama; adaptándola a la comedia, Brooks altera los resultados pero no los medios. Deja que la realidad determine el humor y, en el proceso, la realidad se convierte en la broma. Cuando Albert y su mujer tienen su primera lucha violenta mientras se pausan para echar un vistazo a la presa Hoover, la broma no está en el diálogo (que es bastante realista), sino en la yuxtaposición del lugar y el diálogo. La riña doméstica es interpretada contra la inmensidad, la arrolladora fisicalidad, de la presa: el gran tamaño y alcance del espectáculo hace que su disputa parezca absurda; al mismo tiempo, la importancia de la disputa para los personajes hace que la presa en sí misma parezca una ridícula intrusión. Los saltos salvajes en escala, el ridículo de la desproporcionalidad de los dos encuadres de referencia (emocional y físico) que Brooks ofrece simultáneamente, son los que hacen la escena hilarantemente divertida; en cualquier otro escenario, o filmada de una manera que diera a la presa una presencia menos inmediata, la escena hubiera sido meramente banal o patética.
          Brooks no necesita el espectáculo de la presa Hoover para producir este efecto: pasa lo mismo con la pequeña ciudad en el desierto donde Hagerty y él tratan de establecer un hogar después de haber perdido su dinero, e igualmente ocurre en los personajes menores con los que Brooks se pone en contacto ─su jefe traicionero, un compasivo mánager del casino, un asesor de desempleo. Brooks no trata a estos personajes menores como simples hombres sobre los que rebotar bromas: independientemente del poco tiempo que tengan en pantalla, les permite establecer personalidades completas y presencias propias ─sientes que todavía estarán allí después de que el equipo de la película se retire. Es fácil para un cineasta mofarse de este tipo de personajes secundarios (particularmente si son de ciudades pequeñas o gente de suburbios, como muchos de los personajes de la película de Brooks), y el mismo Brooks todavía no estaba por encima de este tipo de mofas en su primer filme, Real Life. Pero en Lost in America, las figuras menores son presentadas sin un rastro de caricatura ─son tan inteligentes y confiadas como las estrellas, incluso más en algunos casos─ y el humor producido por la actitud nada condescendiente de Brooks es a la vez más maduro y más complejo. Son lo suficientemente auténticos como para imponer su propio punto de vista, su realidad particular, en la acción, y de nuevo el humor viene de la brecha que las realidades en conflicto producen.
          La comedia de Brooks es, por encima de todo, una comedia de la decepción. Sus personajes se embarcan en una neblina de ambiciones elevadas (una creencia en el drama de la existencia del día a día en Real Life, una búsqueda de un amor romántico y que todo lo consume en Modern Romance, una experiencia de raíces en Lost in America), pero siempre se encuentran a sí mismos chocando con la misma banalidad y aburrimiento, la inescapable falta de satisfacción del mundo testarudamente intrascendente y real. A causa de que muchos de estos ideales sean inducidos por las películas (el héroe-cineasta de Real Life fue inspirado por An American Family; en Lost in America, Albert quiere convertir su vida en una road movie), es necesario inventar un tipo diferente de filme para fulminarlos. Eso es exactamente lo que Albert Brooks ha hecho: el sistema formal que ha encontrado para sus películas es, casi literalmente, un sistema de desilusión ─una manera de desnudar la imagen cinematográfica de su ostentación y carácter ensoñador, de desgarrar las capas de abstracción y autocontención que ha adquirido con el paso de los años, y devolverla al mundo material, a la cosa en sí misma en todo su desigual carácter prosaico. Para muchos cineastas, este retorno sería uno trágico; que Brooks encuentre en él una fuente de humor y optimismo (el héroe de Real Life se vuelve loco al final, pero a los personajes que interpreta Brooks en Modern Romance y Lost in America se les permite empezar de nuevo, con expectaciones sanamente disminuidas) es la señal de una personalidad honesta, considerada y nada sentimental ─de un comediante verdaderamente moderno.

Lost in America