DIAFANIDAD; por Walter Pater
“Diaphaneité”, en Miscellaneous Studies. A Series of Essays (Walter Pater) – Macmillan and Co., Limited. St. Martin’s Street, London 1910 (págs. 247-254).
Hay algunos tipos de caracteres extramundanos que el mundo es capaz de estimar. Reconoce ciertos tipos morales, o categorías, y considera lo que encaje en ellos como algo que tiene derecho a existir. El santo, el artista, incluso el pensador especulativo, fuera del orden del mundo como están, con todo trabajan, en la medida en que trabajan, en y por los medios de la corriente principal de la energía del mundo. A menudo les da un reconocimiento tardío, o exiguo, o equivocado; aun así tiene espacio para ellos en sus afectos. También es paciente con los doctrinarios de todo tipo de trivialidades. Como vagamente consciente de alguna gran enfermedad y cansancio del corazón en sí mismo, torna sin dificultad a aquellos que teorizan sobre su falta de fundamento. Para constituir una de estas categorías, o tipos, es necesaria una generalidad y amplitud de carácter. Hay otro tipo de carácter, que no es vasto y general, raro, precioso sobre todo al artista, un carácter que parece haber sido el supremo encanto moral en la Beatrice de la Commedia. No arrebata al ojo por amplitud de color; más bien es ese tenue filo de luz, donde los elementos de nuestra naturaleza moral se refinan hasta el punto de combustión. El mundo no tiene un sentido lo suficientemente fino para aquellas sombras evanescentes que cubren los espacios en blanco entre tipos contrastados de caracteres ─¡provisión delicada en la organización del mundo moral para la transmisión hacia cada parte del mismo de la vida acelerada en puntos singulares!
“Sibi unitus et simplificatus esse”, esa es la larga lucha del Imitatio Christi. El espíritu que forma es el total contrario de aquel que considera la vida como un juego de habilidades, y valora las cosas y personas como marcas y contadores de algo que debe ser ganado, o conseguido, más allá de ellas. Parece evaluar todo en su valor eterno, no añadiendo a ello, o tomando de ello, la cantidad de influencia que pueda tener para o contra su propio plan especial de vida. Es el espíritu que ve las circunstancias externas tal y como son, en su propio poder y tendencias tal y como son, y se da cuenta de las condiciones dadas de la vida, no desanimado por el deseo hacia el cambio, o la preferencia de una parte en la vida sobre la otra, o la pasión, o la opinión. El carácter que pretendemos indicar consigue esta vida perfecta por un regalo feliz de la naturaleza, sin ninguna lucha en absoluto. No solo el santo, también el artista, y el pensador especulativo, confundidos, estremecidos, desintegrados en el mundo, como a veces inevitablemente están, aspiran a esta simplicidad hasta el último punto. La lucha por esta aspiración con un objetivo práctico menor en la mente de Savonarola ha sido sutilmente trazada por la autora de Romola. Como lenguaje, la expresión es la función del intelecto, como arte, la expresión suprema, es el producto más alto del intelecto, así que este deseo de simplicidad es una especie de asertividad de la parte intelectual de tales naturalezas. Simplicidad en propósito y acto es una especie de expresión determinada en el diestro contorno de la personalidad de uno mismo. Es una especie de expresividad moral; hay un triunfo intelectual implícito en ella. Tal simplicidad es característica del reposo de la cultura intelectual perfecta. El artista y aquel que ha tratado la vida en el espíritu del arte desea solo ser mostrado al mundo tal y como realmente es; mientras se aproxima más y más a la perfección, el velo de una vida externa no simplemente expresiva de lo interno se vuelve cada vez más delgado. Este trono intelectual se gana raras veces. Como la vida religiosa, es una paradoja en el mundo, negando las primeras condiciones de la existencia ordinaria del hombre, cortando oblicuamente el orden espontáneo de las cosas. Pero el carácter que tenemos ante nosotros es una especie de profecía de este reposo y simplicidad, surgiendo en el orden de la gracia, no en el de la naturaleza, por algún feliz don, o accidente de nacimiento o constitución, mostrando que está, en efecto, dentro de los límites del destino del hombre. Como todas las formas superiores de vida interior este carácter es una fusión sutil e interpenetración de elementos intelectuales, morales y espirituales. Pero es como una fase del intelecto, de la cultura, cuando se presenta más llamativo y contundente. Es una mente de gusto alumbrada por algún tipo de rayo espiritual que la habita. Lo que se entiende por gusto es un estado intelectual imperfecto; no es sino un tipo estéril de cultura. Es la actitud mental, la manera intelectual de la cultura perfecta, asumida por un instinto feliz. Su bello modo de manejar todo lo que atrae los sentidos y el intelecto está realmente dirigido por las leyes de una vida intelectual superior, pero mientras la cultura es capaz de trazar esas leyes, el mero gusto es ignorante de ellas. En el carácter ante el que nos topamos, el gusto, sin cesar de ser instructivo, es mucho más que una actitud mental o clase. Una fuerza intelectual magnífica yace latente en él. Es como la reminiscencia de una cultura olvidada que una vez adornó la mente; como si la mente de un φιλοσοφήσας ποτἐ μετ’ ἔρωτος, caída en un nuevo ciclo, estuviese comenzando de nuevo su progreso espiritual, pero con un cierto poder para anticipar sus estadios. Posee la frescura sin la vacuidad del gusto, el rango y la seriedad de cultura sin la tensión y la conciencia excesiva. Tal hábito puede ser descrito como una añoranza de la mente, el sentimiento de que hay “tanto por conocer”, más como un anhelo hacia algo inalcanzable que una esperanza de aprehender. Su resultado ético es un candor intelectual, o integridad, que prefiere instintivamente lo que es claro y directo, a no ser que la propia falta de transparencia y confusión entorpezcan la transmisión desde el exterior de luz que todavía no es interior. Aquel que está siempre buscando el rompimiento de la luz no sabe de dónde le viene, nota con una cierta diligencia la más leve palidez en el cielo. Esa autenticidad de temperamento, esa receptividad, que los profesores a menudo se esfuerzan en vano por formar, es engendrada aquí menos por sabiduría que por inocencia. Tal carácter es como una reliquia de la época clásica, puesto al descubierto por accidente en nuestra ajena atmósfera moderna. Tiene algo del sonido claro, el esbozo eterno de lo antiguo. Quizá casi siempre es hallado con una correspondiente semblanza exterior. El velo o máscara de tal naturaleza sería la total opuesta del “oscuro vilipendio” de Danton, el tipo que Carlyle ha hecho demasiado popular para el verdadero interés del arte. Es justo este tipo de entera transparencia de naturaleza que deja pasar inconscientemente todo lo que es vivificante en el orden establecido de las cosas; detecta sin dificultad todo tipo de afinidades entre sus propios elementos, y los elementos más nobles en ese orden. Pero entonces su añoranza y confianza en la perfección que posee le hace amar a los señores del cambio. Lo que conforma a los revolucionarios es la autocompasión o la indignación por el bien de los demás, o una percepción empática hacia la corriente subyacente dominante en el progreso de las cosas. La naturaleza ante nosotros es revolucionaria desde el sentido directo de la valía personal, ese χλιδή, ese orgullo de la vida, que para los griegos era gracia celestial. ¿Cómo puede valorar lo que proviene del accidente, del uso, de la convención, cuya vida individual la naturaleza en sí misma ha aislado y perfeccionado? La revolución es a menudo impía. Aquellos que persiguen la revolución tienen que violar una y otra vez el instinto de reverencia. Es inevitable, ya que al fin y al cabo todo progreso es una especie de violencia. Pero en esta naturaleza la revolución está suavizada, armonizada, sometida como desde la distancia. Es la revolución que ha dormido cien años. La mayoría de nosotros somos neutralizados por el juego de las circunstancias. A la mayoría de nosotros solo nos es dada una oportunidad en la vida del espíritu y el intelecto, y las circunstancias previenen nuestro diestro aprovechamiento de esa oportunidad. El único rincón feliz de nuestra naturaleza no tiene espacio para cobrar vida. Nuestra vida colectiva, presionando igualmente cada parte en cada uno de nosotros, nos reduce a casi todos al nivel de una existencia descolorida e insulsa. Otros son neutralizados, no por supresión de dones, sino por justo equilibrio entre ellos. En estos ningún don singular, o virtud, o idea, tiene una predominancia no musical. El mundo confunde fácilmente estas dos condiciones. Ve en el carácter ante nosotros solo indiferentismo. Sin duda la vena principal de la vida de la humanidad difícilmente podría pasar por él. No es en la guisa de Lutero o Spinoza; es más bien en la de Rafael, quien en medio de la Reforma y el Renacimiento, él mismo iluminado por ellos, no se rindió ante ninguno, sino que se mantuvo firme para valerse por sí mismo, incluso en la forma exterior de un joven, casi un infante, aun así sorprendiendo a todo el mundo. La belleza de las estatuas griegas era una belleza asexuada; las estatuas de los dioses tenían las menores trazas de sexo. Aquí hay una asexualidad moral, una especie de impotencia, una totalidad inefectiva de la naturaleza, pero con una belleza divina y significación propias.
Una y otra vez el mundo ha sido sorprendido por este heroísmo, la perspicacia, la pasión, de esta naturaleza cristalina. La poesía y la historia poética han soñado con una crisis, donde sea necesario que a la víctima humana se la invite a la tumba. Estos son aquellos quienes en su profunda emoción la humanidad quizá elija enviar. “Cómo ella ─dice Carlyle sobre Charlotte Corday─ hubiese emergido de su quietud retirada, súbitamente como una estrella; cruel-hermosa, con esplendor semidemónico, semiangélico; destellando un instante, y en un instante extinguiéndose, para ser sostenida en la memoria, ¡tan brillante y completa era ella, a través de largos siglos!”
A menudo la presencia de esta naturaleza es sentida como un suave aroma en la temprana madurez. Luego, a medida que la atmósfera adulterada del mundo nos asimila para sí, el olor se desvanece. Quizá haya brotes del mismo en todos nosotros, momentos recurrentes en cada periodo de la vida. Ciertamente esto ocurre con cada hombre de genio. Es un hilo de pura luz blanca que uno podría desenredar de la riqueza tumultuaria de la naturaleza de Goethe. Es una profecía natural del aspecto que portará la siguiente generación, renervificada, modificada por las ideas de todo esto. Hay una violencia, una imposibilidad de los hombres que tienen ideas, que hace a uno sospechar que nunca podrían ser el tipo de cualquier vida extendida. La sociedad no se podría conformar a su idea sino mediante una tensión poco agradable de su verdadero orden. Bien, en esta naturaleza la idea aparece suavizada, armonizada como desde la distancia, con una naturalidad envolvente, sin el ruido del martillo o el hacha.
La gente ha intentado en repetidas ocasiones encontrar un tipo de vida que pudiera servir de modelo base. El filósofo, el santo, el artista, ninguno de ellos puede ser este tipo; el orden de la naturaleza en sí mismo los hace excepcionales. No puede ser el pedante, o el conservador, o cualquier cosa irritante e irreverente. Además el tipo debe ser uno descontento con la sociedad tal y como es. La naturaleza aquí indicada merece por sí sola ser considerada de este tipo. Una mayoría del mismo constituiría la regeneración del mundo.
Julio, 1864

























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